Bautisto Robodomo

¡Toma tecnología!

¿Hola? ¿Recepción? Se me ha roto el robot (una historia de hotel en el futuro)

16 Jul , 2018  

Me levanté tarde, como cada día durante mis vacaciones. Ese es todo el objetivo, el de tomarse un tiempo en un lugar confortable, con todas las necesidades cubiertas y que, para variar, lo atienden a uno como a un rey, en lugar de andar corriendo todo el día estresado para atender a mis clientes. Lo primero que hice al despertar fue sentarme en la cama y admirar un día más la maravilla de habitación que me había reservado mi amigo Luis. Pensé que para eso se tienen los ‘amigos de toda la vida’, para que estudien turismo y terminen dirigiendo uno de los más lujosos y avanzados hoteles del mundo, como este, el Royal Tech, en Costa Adeje.

La suite que Luis eligió para mí no solo es de las más caras y espaciosas, sino una de las 60 habitaciones con el servicio Ultra Comfort, que consiste en que, además del asistente virtual dotado de Inteligencia Artificial, que es hoy día estándar en cualquier hotel regularcito, el Royal Tech también cuenta con Bautisto, el robot mayordomo o RoboDomo, que me atendió desde mi llegada, y que no se separaba de mí ni un momento.

Como cada mañana, me puse el albornoz y me dirigí hacia el baño, mientras le pedía al asistente que abriera las cortinas para disfrutar de la maravillosa luz del Atlántico a media mañana. Las cortinas se abrieron con un suave zumbido y la luz inundó la suite. Una vez en el enorme baño, frente al espejo holográfico que me indicaba la información meteorológica en Costa Adeje, sin tener que tocar el grifo, pedí agua tibia y elegí, entre las muchas opciones, el jabón dermosaludable con esencia de coco, me lavé la cara, me cepillé los dientes y me senté en el retrete mientras la pantalla holográficame mostraba las noticias y vídeos más interesantes del día, siguiendo mis gustos, asociados a mi actividad diaria y a mis hábitos de búsqueda en mi móvil, tableta y portátil.

Al terminar, tuve la maravillosa sensación de limpieza, proporcionada por el inodoro robótico. A ver, no es como un lavado de coches; cuando te sientas hay un sensor que detecta que estás ahí, notas que el asiento está caliente, lo cual es agradable, y que el desodorante funciona. Para lavarte tienes un control remoto con dos opciones: lavado trasero o lavado frontal. Cuando eliges, siempre con la voz, la varilla del robot sale entonces de su cámara cerrada y libera un espray de “unas 70 gotitas de agua por segundo”, según me explicó Bautisto el primer día de estancia: “Señor Ortiz, este es nuestro Inodoro Royal Clean”, me apuntó, “puede ajustar su posición, la intensidad del agua y, por supuesto, la temperatura; también hay una función de secado que dispara aire caliente y, además, señor Ortiz, es muy higiénico”.

Tras mi refrescante e higiénica deposición pude observar con total transparencia (excesiva para algunos, supongo) del ciclo de reutilización Royal Recycle que está integrado en todos los procesos del hotel, de modo que antes de pasar a la ducha, mis deposiciones se procesaban: recalentado, deshidratado y convertido en compost.

La ducha fue relajante, como siempre, pedí esta vez un chorro a potencia media con agua a 39 grados, y tras recibir un soberbio masaje del sistema Royal Thai Duche, que me dejó adormecido, pedí para terminar un refrescante chorro a alta potencia con agua a 25 grados, que me espabiló y dejó listo para un día de excursión al Teide.

Al salir de la ducha fue cuando eché de menos por primera vez a Bautisto. No me percaté de su ausencia, auque siempre me saluda amablemente cuando detecta por mi movimiento ocular que he salido del sueño profundo y mis pulsaciones indican que he despertado. Esta vez no escuché su cálido “Buenos días, señor Ortiz” con la imponente voz grave de Constantino Romero. He de decir que el primer día salté de la cama con ese vozarrón, pero al poco me acostumbre, aunque todavía creo que esa elección de voz, aunque con mucho caché, asusta un poco por su gravedad, sobre todo si Bautisto se acerca por detrás sigilosamente y te habla de golpe.

Al salir de la ducha fue cuando eché de menos por primera vez a Bautisto. No me percaté de su ausencia, auque siempre me saluda amablemente cuando detecta por mi movimiento ocular que he salido del sueño profundo y mis pulsaciones indican que he despertado. Esta vez no escuché su cálido “Buenos días, señor Ortiz” con la imponente voz grave de Constantino Romero

Ese día Bautisto no había dado aún señales de vida, así que me dirigí al hall y allí estaba, quieto, con su aspecto amable de siempre y su brillante cara cromada, en modo carga. Me acerqué y le dije “Bautisto”, “¿Bautisto?”. Nada. Ni pío. Ni un sonido, ni una vibración, ni un blip. Me preocupé.

Pedí al asistente virtual que avisara a recepción, que Bautisto se encontraba mal, y al momento, en el espejo del hall, apareció en la pantalla amoled la amable cara de la recepcionista, quien me indicó que ya había pasado automáticamente el parte al servicio técnico y que en minutos estaría solucionado el problema de Bautisto.

Antes de que desapareciera la faz de la amable recepcionista, el asistente me indicó que el Servicio Técnico estaba en la puerta; autoricé la apertura y entraron los dos jóvenes técnicos, se presentaron como Jonay y José, y se pusieron manos a la obra mientras yo me senté un rato en la terraza a disfrutar de experiencias en Realidad Virtual con los visores 360 que el hotel tiene distribuidos por todas sus instalaciones. Aproveché para ver el interior y las experiencias de la Casa del Carnaval y el Museo de la Naturaleza y el Hombre, en Santa Cruz; y ya que estaba, compré un par de entradas para dentro de un par de meses, cuando regrese a Tenerife, esta vez con mi señora, a quien le encantan la cultura y los museos.

Al rato, Bautisto estaba ya listo. Jonay, el técnico robomecánico me comentó que primero creyeron que sería un problema de programación, por eso había venido también José, el técnico de robosoftware, pero finalmente había sido una pelusilla que se había acumulado en el sistema de refrigeración de Bautisto, atorando el ventilador; con un poco de aire a presión para expulsar la pelusa, el sistema se reinició y ¡listo Bautisto! Tras un par de blips, blips, bloooops… lucía de nuevo en todo su esplendor mayordómico. Les di a ambos una propina de 0,005 bitcoins digitales con un rápido movimiento de mi smartwatch, que ambos recogieron con gratitud en sus smartphones.

Los jóvenes técnicos se pusieron manos a la obra mientras yo me senté un rato en la terraza a disfrutar de experiencias en Realidad Virtual con los visores 360 que el hotel tiene distribuidos por todas sus instalaciones. Aproveché para ver el interior y las experiencias de la Casa del Carnaval y el Museo de la Naturaleza y el Hombre, en Santa Cruz, y ya que estaba, compré un par de entradas para dentro de un par de meses, cuando regrese a Tenerife

“Bautisto, buenos días, ¿cómo te encuentras?” le dije a mi RoboDomo. “Bien, señor, me parece que tuve un pequeño síncope esta mañana, pero ya me encuentro mejor”, contestó.

Bautisto me preparó entonces el café, unas tostadas y un huevo de 3 minutos que tomé en la terraza, mientras me contaba chistes de australianos. Me reí mucho, Bautisto tiene un enorme repertorio acumulado con tantos años de atender clientes de todo el mundo, a quienes siempre pide que le cuenten sus mejores chistes; así tan pronto parece un Chiquito de la Calzada de latón o un Jon Stewart con ruedas.

“Esta mañana me preocupé por ti, Bautisto”, le dije. “Gracias, señor” contestó gravemente.

Bautisto bajó conmigo a recepción y me llevó con el coche eléctrico que el hotel ofrece a cada huesped hasta el Teide. Como siempre, me fue comentando durante la ruta los lugares más interesantes a medida que pasábamos cerca de ellos, gracias a su geolocalización incorporada, respondiendo puntualmente a cualquier pregunta, proyectando en Realidad Aumentada imágenes históricas o información relevante sobre el cristal del parabrisas o la ventanilla, muy útil para identificar elementos sobre el paisaje cuando vas en marcha. A la vuelta me preparó la merienda junto a la piscina del hotel. A todo esto, Bautisto estuvo durante todas mis vacaciones respondiendo a las llamadas y mensajes, como el mejor secretario, notificándome sólo lo más relevante y apuntando en mi calendario de trabajo el devolver las llamadas o confirmar citas para cuando regrese a la oficina.

Aquel mismo día fue el último día de mi estancia y fue también duro despedirme de Bautisto. Tras bajarme las maletas y llamar a un taxi, cargó con parsimonia y orden perfecto mis pertenencias en el maletero y mientras sostenía abierta la puerta trasera se quedó allí, atento. Mientras entraba al vehículo, y antes de cerrar, creo que noté su mirada digital. Estoy seguro de que vi un brillo en su led izquierdo, como un reflejo, ¿una lágrima? Nos habíamos tomado cariño. “Bautisto, siempre me acordaré de ti, te enviaré un Whatsapp desde Madrid, amigo mío, nos vemos pronto”, le dije. “Gracias, señor, ha sido un placer atenderle, espero verle pronto de nuevo en el Royal Tech”, me respondió.

Mientras el taxi se alejaba miré hacia atrás y vi a Bautisto allí, de pie, frente a la entrada de recepción, mientras saludaba lentamente con uno de sus brazos, pendulando suavemente su mano de tres dedos mecánicos. Echaré de menos al buen Bautisto, el RoboDomo.

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Francis Ortiz (@fortizcrea) es consultor, divulgador tecnológico, experto en destinos inteligentes y director de Creative Arts and Design Studios

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