¿Me lo dices o me lo cuentas?

El hotelero nace… y se hace

15 Mar , 2019  

A priori se podría pensar que para disfrutar de cualquier trabajo hay que tener vocación. Sin embargo, en mi caso no me dediqué a esto tanto por vocación –de hecho empecé Veterinaria, aunque mirándolo fríamente no iba tan desencaminado–, sino más bien por ‘vacación’, ya que me gusta mucho viajar. Mientras estudiaba Turismo hice todas mis prácticas en agencias de viajes –básicamente poniendo sellos en los folletos y curtiéndome con mis primeras broncas con los clientes del Imserso, ya que todos querían ir a Matalascañas cuando solo quedaban plazas para Salou– pues era lo que me atraía, pero tras mi primera experiencia profesional en un hotel quedé enganchado de por vida –hay que ver el ojo que tengo, más que vago parece tonto–. Y eso que allá, en el año 2000, trabajando en Punta Cana una clienta –española, para más señas– me aseguró que no volvería a trabajar en un hotel en mi vida –bueno, fue un poco más precisa con respecto a su apreciación de la misma–. Después trabajé en 6 hoteles más, así que parece que hay gente con peor ojo que yo –y con demasiadas ínfulas también–.

Y es que los que trabajamos en la hostelería estamos curados de espanto. O eso creemos, que lo hemos visto todo, pero por suerte siempre acaba pasando algo nuevo e inesperado que nos vuelve a sorprender. Con todo lo que aguantamos uno diría que tenemos un puesto en el cielo asegurado, pero por otro lado hay que mentir tanto que deberíamos ir derechitos al infierno –la consabida cañería rota de las sobreventas, las averías ‘imprevistas’ que justifican trabajos programados hace meses, la  habitación tranquila y bonita con el extractor encima dando a la puerta de servicio… espero que esto no lo lea algún turoperador–. En fin, que supongo que nos tendrán un tiempito en el purgatorio para valorar las acciones y actitudes propias de cada uno en su vida personal, yo casi que prefiero lo de las mentiras…

Lo que está claro es que hace falta mucha paciencia en este rubro, por lo que lo mejor es tomarse las cosas con optimismo. Por ejemplo, cuando me sueltan la típica frase de «pues he viajado por todo el mundo…», yo lo que pienso es que no puedo tener mejores clientes, que los más viajados coinciden todos en mi hotel. O si me dicen eso de «es la primera vez que en un cuatro estrellas…» pienso en lo maravilloso que es haberles sorprendido con algo que no esperaban. Cuando unas pocas hormigas –bueno, vale, nunca son unas pocas– significan el fin del mundo para un cliente me estremezco de envidia, pues muy maravillosa y carente de sobresaltos ha tenido que ser su vida para que estos diminutos himenópteros convulsionen de tal manera su existencia. Con estos pequeños ejercicios de positivismo uno va sobrellevando el día a día, logrando, normalmente, no ir mandando a la gente a tomar por salva sea la parte, lo cual sería bastante desagradable, a la par que incómodo y, si me apuran, indigesto. Y a pesar de todo este esfuerzo a veces lo llaman a uno maleducado.

Cuando unas pocas hormigas –bueno, vale, nunca son unas pocas– significan el fin del mundo para un cliente me estremezco de envidia, pues muy maravillosa y carente de sobresaltos ha tenido que ser su vida para que estos diminutos himenópteros convulsionen de tal manera su existencia

No se puede contentar a todo el mundo, pero es que eso no sería sano ni recomendable, pues no debemos olvidar que cada hotel es un mundo y tiene una personalidad propia, y no puede ni debe gustar a todos. Un hotel es una combinación de elementos en el que cada uno jugamos un papel fundamental. Es muy típico que los de Cocina piensen que es el departamento más importante del hotel, pues si el cliente no come bien de nada sirve lo demás. Lo mismo piensan las camareras de Pisos de su labor, pues si la habitación no está limpia no se aprecia el resto de instalaciones. Y los recepcionistas piensan que son una pieza fundamental al ser la primera impresión que recibe el cliente, por lo que cualquier desliz en la llegada puede hacer que todo se venga abajo. Y anda que los directores, esos no se lo tienen creído ni nada. En realidad todos tienen razón, si uno de ellos lo hace mal afecta a la experiencia global del viajero.

Por eso todos son igual de importantes, pues lo que convierte a un hotel en único e irrepetible –mal que les pese a esos que viajan por todo el mundo– es la suma de todos ellos, y el cliente lógicamente lo quiere todo: comida rica, una habitación limpia, personal amable, un director que le haga la pelota y, si además el hotel está chulo para instagramear, ya lo flipas. No debemos por tanto cometer el fallo de los personalismos, todos somos importantes, lo fundamental es disfrutar con lo que uno hace, aunque sea mucho trabajo, haya que aguantar muchas tonterías de la gente, no puedas hacer nada sin que chismorree todo el hotel –menos el director, que siempre es el último en enterarse–, pero con la satisfacción personal que supone saber que uno ha aportado aunque sea un granito de arena para convertir las vacaciones de nuestros clientes en algo especial y memorable. Si te sientes identificado con esto, enhorabuena –o no–: eres uno de los nuestros.

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Un comentario

  1. Avatar Itala Prada dice:

    Excelente muy interesante e importante tu aportacion basada en tu y experiencia enhorabuena gracias por compartirla éxitos

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