¿Me lo dices o me lo cuentas?

La arruga es bella

29 Jul , 2019  

Y no me refiero al famoso eslogan del reconocido diseñador gallego de sobrias y elegantes líneas que en su día vistió a los protagonistas de una popular serie ochentera ambientada en una tropical urbe norteamericana –qué cansino esto de tener que dar tantas vueltas retorcidas para no hacer publicidad encubierta y evitar decir Adolfo Domínguez…–.

Tampoco pretendo hacer alusión a la arruga de la vejez, por más que ésa es bella sin duda y se debería mostrar con orgullo, pues es la simple consecuencia de lo vivido, una característica más de una etapa a la que no todo el mundo llega ni todos saben llevar con dignidad –que no lo digo por mí, que estoy hecho un chaval y además tengo un cutis terso y suave, o sea…–.

En realidad me refiero a la arruga como símil de imperfección, que también en ese sentido tiene su encanto. Sin embargo, a todos nos gusta pensar que somos unos máquinas, que todo lo hacemos bien, o más que bien –o muy bien no, lo siguiente–. Pero en realidad la perfección está sobrevalorada, o lo que es lo mismo y como diría Rajoy, la imperfección está infravalorada. Para empezar, los que se creen perfectos son tradicionalmente unos insoportables, pero ser insoportable es automáticamente una imperfección. Además, la perfección es tan poco humana que tener esta cualidad lo haría a uno extremadamente imperfecto como persona (al menos en este planeta). Yo por suerte en lo único que soy perfecto es precisamente en eso, en ser imperfecto, que –modestia aparte– lo bordo.

No hay que traumatizarse por ello. La imperfección, a niveles razonables, te educa, te ayuda a mejorar y te permite desarrollarte. Si realmente alcanzáramos la perfección no podríamos evolucionar, nos convertiríamos en la antítesis del kaizen y su mejora continua, perderíamos motivación y entraríamos en un muy poco envidiable estancamiento. Claro, los días en que la torpeza llega a nivel Mr. Bean –sobre todo delante del jefe– ahí ya deja de ser tan bucólico, pero oye, lo que te ríes luego recordándolo no tiene precio. Los perfectos se suelen reír de los demás, pero es más sano y genera menos rencores ajenos reírse de uno mismo. Hay torpezas de las que me llevo riendo más de 40 años –bueno, ya serán menos, con lo joven que me veo…–. Sin previo aviso, cuando menos me lo espero y sin venir a cuento, me da el ataque de risa, normalmente en el momento más inoportuno. Y claro, aguantársela es todavía peor, pues te acaba saliendo en la forma de grititos agudos e intermitentes cual pavo gallináceo –de hecho así me gané un arresto en la mili en pleno cambio de guardia–. Lo bueno es que te da nuevos motivos para muchas más risas en años venideros.

Así que ya saben, la próxima vez que se equivoquen admítanlo, no pasa nada. Eso no nos hace peores, al contrario, nos permite aprender y mejorar como profesionales y como personas y por lo general es bastante apreciado por el resto de la gente –aunque siempre hay que estar alerta con los trepas y egos muy subidos, que bastante hace uno aceptando los fallos propios como para asumir además los ajenos–. Es tentador, pero no le echen la culpa a otro aprovechando que no está o pensando que no se va a enterar, al final todo se sabe, así que tampoco se gana nada. Un poco de tiempo nada más. Y a uno también le gusta que los demás reconozcan sus fallos, en realidad genera mucha más confianza, los perfectitos al final lo único que dan es tirria –sobre todo en este país de envidiosos–. Yo, cuando me llevo alguna bronca por una decisión equivocada o por uno de esos días Mr. Bean lo tengo muy claro: me lo tomo con filosofía, asumo la responsabilidad, pido disculpas… y rezo porque no me venga en ese momento el recuerdo del cambio de guardia.

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