La actualidad viene últimamente marcada por noticias sobre enchufes, mordidas, corruptelas y malabarismos políticos varios que cada día nos sorprenden –aunque cada vez menos– no sólo por su fondo, sino también por las formas, poligoneras y chabacanas, confirmando por lo demás la falta de integridad que ya sospechábamos en gran parte de los políticos españoles, quienes con pasmosa frecuencia se dedican a negar lo obvio y a echar balones fuera. El panorama actual es realmente desolador y, aunque daría para llenar unos cuantos blogs, precisamente por eso no voy a hacerlo. Y si no les gusta, me aforo y santas pascuas.
Menos mal que este finde viene el veranito e inevitablemente tenemos el chip puesto en las vacaciones. Aunque muchos se quejan del turismo y le achacan todos nuestros males luego son pocos los que se privan del mundanal placer del turisteo que, como casi todo, no tiene nada de malo siempre que se practique con moderación.
En nuestras islas dependemos casi por completo de la conectividad aérea, la cual ha sufrido una profunda transformación en las últimas décadas. Otrora volar era caro y exclusivo y la gente se vestía de domingo para la ocasión; de hecho, era raro ver un avión lleno hasta la bandera. Ahora la bandera hay que facturarla porque ya no cabe con tanta gente encajonada en el montón de asientos colocados de manera milimétrica para maximizar la capacidad del pasaje, con las maletas de cabina ocupando los compartimentos superiores sin ningún tipo de clemencia y las bolsas de mano colocadas en la parte inferior delante del asiento reduciendo aún más el escueto espacio disponible. Esas son las desventajas de la democratización de los vuelos, que vino sobre todo con la irrupción de las aerolíneas low cost en los años 90, pero las ventajas obviamente son muchas y han venido de la mano de grandes avances tecnológicos y de seguridad. Siempre se ha dicho que el avión es el medio de transporte más seguro, y si tenemos en cuenta que en un momento dado se calcula que hay una media de 12.000 a 14.000 vuelos simultáneamente, y que al día se operan alrededor de 100.000 vuelos en todo el mundo, la verdad que queda bastante claro que así es.
Sin embargo, hace unos días nos desayunábamos con el terrible accidente sufrido por un avión de Air India nada más despegar de Ahmedabad –ciudad india cuya existencia desconocía pero que cuenta con más de 7 millones de habitantes– con destino a Londres. La estadística sigue jugando a favor de la aeronáutica, pero nadie duda de que en las contadas ocasiones en que sucede un accidente las consecuencias suelen ser especialmente trágicas y uno no puede evitar imaginar –o al menos tratarlo– cómo vivieron esos pobres pasajeros los últimos segundos antes de caer. La empatía, normalmente considerada una virtud, se convierte en este caso en un duro inconveniente.
También nos dejan este tipo de sucesos especial mal cuerpo al tocarnos más de cerca, no tanto en lo geográfico, sino porque volar es algo rutinario que hacemos constantemente nosotros o cualquier persona de nuestro entorno, y esa insoportable aleatoriedad del ser nos hace más patente lo expuestos que estamos a que eso nos suceda a cualquiera, en cualquier lugar y momento. Dentro de todo ese terror, al que se sumaba que el avión se precipitara sobre una zona residencial, hubo un verdadero milagro, un señor que salió del avión por su propio pie con apenas unos rasguños. Este pasajero ocupaba el asiento 11A, y por lo visto se ha convertido en una de las plazas más solicitadas pues la gente lo ha considerado automáticamente el más seguro del avión y un símbolo de supervivencia, sin tener en cuenta que las circunstancias de cada accidente son totalmente diferentes y la posibilidad bastante nimia de acertar, llegado el caso. Los que lo reserven en Ryanair se encontrarán, paradójicamente, con un asiento sin ventanilla.
Como siempre en este tipo de situaciones surgen numerosas historias que demuestran de manera muy cruel la volatilidad de la vida. Como esa familia que, llevando él 6 años en Londres, había por fin conseguido tramitar todo el papeleo para la reunificación de su familia, por lo que su mujer pudo por fin renunciar a su trabajo en la India y embarcó junto con su marido y sus tres hijos pequeños en ese vuelo rumbo a una nueva vida… que nunca llegó. Esa familia se hizo un selfie en el avión minutos antes de despegar, volviéndose viral, lo cual supongo que es inevitable, como sucedió con la familia catalana que perdió tristemente la vida en un paseo en helicóptero en la Gran Manzana. Seguro que hay algo de morbo en ello, pero también de pena y dolor compartidos, lo que normalmente mantiene las infinitas publicaciones dentro de un tono de respeto. Sin embargo, me pareció de muy mal gusto, en realidad repulsivo, que alguien se molestara en hacer –y viralizar– la recreación con movimiento mediante IA de ese mismo selfie de la familia india, haciéndoles cobrar vida por unos segundos amplificando más si cabe ese dolor. Ni con toda la empatía del mundo me puedo llegar a imaginar lo que sentirán sus familiares cada vez que vean ese vídeo. Hubo otros tristísimos casos que fueron también muy mencionados, pero realmente han sido más de 270 vidas truncadas, cada una con su historia, sus planes y proyectos, y todas con el mismo derecho a vivirlos y cumplirlos. Por eso me ha llamado mucho la atención los múltiples vídeos supuestamente grabados minutos antes en ese avión, aunque en algunos se ve claramente que eran aeronaves de fuselaje estrecho o de una línea aérea diferente, o de un pasajero mientras embarcaba y grababa todo con gran detalle y resultaba ser IA… Parece mentira que haya tanta gente con tan poco quehacer y tan mala idea. También me resultó bastante deprimente un titular de un diario inglés en el que anunciaban con gran conmoción que un avión que llevaba a 53 británicos se estrelló, quitando todo valor a los más de 200 fallecidos de otras nacionalidades.
Parece que al final el cutrerío no es exclusivo de la política española, aunque por lo menos este último es real y palpable –casi tanto como la Ariatna o la Carlota, si no que se lo pregunten a Koldo y a Ábalos–. Y lo peor de todo es que, aunque cada día que pasa siguen surgiendo nuevas y desagradables sorpresas en el politiqueo patrio, cada vez nos hacen menos mella no sólo por su habitualidad, sino porque otras noticias todavía peores y más preocupantes a nivel internacional inundan los noticieros. La verdad es que dan ganas de tirarse por la ventana… de la fila 11 de un Ryanair.
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Fernando Josa Marín es director de hotel