Estamos en plena canícula veraniega y nuestra mayor preocupación deberían ser las vacaciones ya habidas o por haber; sin embargo, las noticias nos distraen de tan entretenidos pensamientos y traen a la palestra un día sí y otro también algún nuevo caso de corrupción, esa lacra de nuestra sociedad que tenemos lamentablemente muy interiorizada en la vida política de nuestro país y que socava la confianza en las instituciones democráticas.
La corrupción es indigna e indignante, venga de donde venga; todo acto de corrupción es reprobable y no se debe normalizar ni minimizar describiéndolo como tres listos repartiéndose cuatro mordidas, en primer lugar porque tres listos ya son demasiados, pero también porque normalmente donde corrompen tres corrompen cuatro. Exigir con la boca pequeña y mirar para otro lado puede resultar muy conveniente para seguir sacando beneficio político o para no tener que admitir incorrecciones en las filas ideológicas propias, pero eso te convierte en cómplice. Porque sólo sí es sí, pero es que sólo no es no. En esto tampoco debería haber medias tintas.
Pero vamos a intentar obviar tan espinoso e irritante tema y volvamos a las muy merecidas –y aún más necesitadas– vacaciones, que nos permiten desconectar por un tiempito del trabajo y también de esta cutre-política que nos invade. Yo, de hecho, acabo de disfrutar las mías, lo que me ha permitido volver revitalizado, aunque también más gordo y pobre.
Independientemente del destino elegido, las vacaciones comienzan oficialmente cuando uno se toma una cervecita bien fresquita después de haber pasado el control de seguridad y haber ubicado la puerta de embarque. Es ese también el momento de examinar a la variopinta fauna aeroportuaria, con especial admiración hacia aquellos –y aquellas, cómo no– que van vestidos listos para tirarse a la piscina directamente desde la escalerilla del avión (si no hubiera restricciones de equipaje iría la cabina llena de cocodrilos y flamencos) o, peor aún, para tumbarse en la cama a dormir. También hay cabida en tan trascendental momento cervecero para el existencialismo, pues me pregunto en qué momento las sandalias con calcetines (cuanto más largos, mejor), otrora identificadoras de la nacionalidad de determinados turistas (aunque parece que ya se estilaba entre los soldados de la antigua Roma) se convirtieron en tendencia de moda a nivel internacional, seguida incluso por las más fulgurantes estrellas hollywoodienses. Cualquier día veremos a los jóvenes llevando los pantalones medio caídos para que se vea la marca de los calzoncillos. Tiempo al tiempo.
Me pregunto en qué momento las sandalias con calcetines se convirtieron en tendencia de moda a nivel internacional
Yo la verdad es que intento cogerme las vacaciones fuera del período estival, tanto por precio como por la obligación moral y profesional de estar presente en el hotel en el momento más duro –para los que trabajamos en turismo y cara al público– de todo el año. No obstante, suelo tomarme unos días finales de junio para así poder disfrutarlos en familia, aunque viajar en esta época normalmente es sinónimo de pagar más por un peor servicio y con un calor del carajo para arriba (en su acepción de pequeña canastilla ubicada en la parte más alta del palo mayor de los antiguos barcos de vela, lugar a donde se mandaba como castigo a los marineros que cometían alguna falta). Por lo demás y en estas fechas de olas de calor y temperaturas extremas es cuando más se valora la particularidad del clima de nuestras islas, en que las temperaturas diurnas pueden ser cálidas pero las noches suelen ser más frescas, con temperaturas agradables que permiten conciliar el sueño. Incluso la panza de burro característica del verano en el norte de las islas más montañosas, vilipendiada por algunos, puede resultar tremendamente atractiva en estas fechas por su efecto de aire acondicionado natural a coste cero.
Aunque las vacaciones en muchos casos suponen sufrir temperaturas tórridas, también son una oportunidad de conocer lugares paradisíacos o ciudades espectaculares, aunque en estas fechas esté todo petado y haya que ir turnándose el único huequito sin gente para la correspondiente foto de Instagram que demostrará que uno estaba de lo más bien y solito disfrutando de ese lugar “secreto”. Independientemente de ello, es cierto que uno desconecta y se relaja, y en mi caso pude terminar de reponerme de una operación de prótesis de cadera, descubriendo que estoy condenado de por vida a pitar en el arco de seguridad de los aeropuertos y a aclarar que no, que no es porque me haya dejado el cinturón puesto. Como parte positiva –aparte de la recuperación de la movilidad perdida– he descubierto el efecto rejuvenecedor de esta operación, pues la mayoría se sorprende de que me haya tenido que operar “tan joven” (sic). Y el gustito que da que te lo digan, oye.
Aunque las vacaciones en muchos casos suponen sufrir temperaturas tórridas, también son una oportunidad de conocer lugares paradisíacos o ciudades espectaculares
Volviendo a los viajes, parte de su encanto está en las situaciones no siempre tan gratas y que en ocasiones nos complican bastante la existencia, pero que en la mayoría de casos acaban simplemente formando parte del anecdotario oficial. A pesar de los contratiempos siempre guardo un grato recuerdo general de todos mis viajes, incluso cuando me mordió un pez en una playa abarrotada de gente (el susodicho eligió mi pantorrilla de entre todo el catálogo disponible, parece que le iban los maduritos interesantes) o me rompieron la rueda de la maleta al llegar a destino y la empresa de handling me ofreció sustituirla (la rueda, no la maleta) por una de la amplia selección de que disponía en una bonita caja de cartón que tenía en su oficina.
La verdad es que viajar, aun en temporada alta, es un placer y una oportunidad para desconectar y conocer destinos soñados o, si el presupuesto no da para tanto, convertir los lugares comunes en improvisados paraísos. Es una cuestión más de actitud que de finanzas, ya que el glamour se lo ponemos nosotros, no importa si viajamos en guagua, mochila al hombro, con pantalón corto y sandalias… y unos buenos calcetines.
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Fernando Josa Marín es director de hotel