Dicen que los que nos dedicamos a trabajar en hoteles acabamos un poco tocados del ala. Yo no sé si es cierto, la verdad, la verdad, la verdaaaaaaaaad, aunque admito que hace un tiempo me preocupé bastante, pues empecé a oír voces (me quedé mucho más tranquilo cuando comprobé que siempre me pasaba cuando había gente cerca hablando).

Lo que quizá sí sea fruto de la locura y digno de estudio por Iker Jiménez es el curioso fenómeno por el que se modifican de manera repentina las características físico-químicas de determinados elementos, así como la percepción espacio-temporal de las personas, en el preciso instante en que entran en un establecimiento hotelero (y hay indicios de que en los extrahoteleros también). Son los llamados Expedientes H.

Expediente nº 1. Los señores Astalooskö y Abreloöska Honnen tenían unas maletas muy chulas, azul turquesa con un neceser a juego, que recorrieron los 4.677 kilómetros (kilómetro más, kilómetro menos) que separan Helsinki de Tenerife. Tenían unas rueditas muy prácticas que ayudaron a transportarlas de su casa al taxi, del maletero al mostrador de facturación, de la recogida de equipajes a la guagua y de ahí a la entrada del hotel. En Finlandia, las maletas, tan monas ellas, pesaban unos 23 kilos cada una. Sin embargo, cuando terminó el check-in y preguntaron por el botones, y justo cuando la recepcionista les dijo que no hay, se desataron vientos huracanados, una amenazante nube gris se cernió sobre ellos y un trueno retumbó en la distancia. Inexplicablemente, las rueditas se volvieron inservibles y las lindas maletas pasaron a pesar 80 kilos (cada una). Era totalmente imposible para ellos llevarlas por sí mismos a su habitación.

Expediente nº 2. Antes de su viaje a Tenerife, Mr. Jason Lastres fue al dentista. Tenía cita a las 10 de la mañana pero finalmente lo atendieron a las 11:30 horas. Al terminar pagó religiosamente y suspiró por la muela perdida. Cuando llegó el día tan esperado decidió no coger un taxi, que le salía muy caro para él solito, y decidió ir en guagua al aeropuerto. Llegó a la parada con cinco minutos de antelación, pero estuvo por lo menos otros 20 esperando, impertérrito con el cuello de su gabardina levantado intentando cubrir su cara para protegerse de la lluvia que se colaba por la marquesina traicioneramente con cada golpe de viento racheado. Como llegó más tarde de lo previsto había ya una cola infernal en el mostrador de facturación del vuelo. Tras 40 minutos y cuando ya pensaba que iba a ser su turno, le tocó justo delante un petardo que tuvo que abrir su maleta varias veces para pasar cosas al bolso de mano y no pagar exceso de equipaje. El embarque fue muy tedioso; el desembarque, sin embargo, precipitado (e interminable para él, pues nadie le dejaba paso y tuvo que salir al final). Aún así tuvo que esperar muchísimo por la maleta, que fue la última sobre la cinta transportadora. La amable guía con el cartelito en el hall del aeropuerto le indicó que su guagua era la 23. Hizo la fila para subir, pero resulta que la guía se equivocó, los del Lago & Flecha Suites (¡ay, se me escapó!) tenían que ir a la número 22. Nueva fila. Atasco en la autopista (eso sí es raro). Por fin llegó a su destino. Bueno, él y como 50 personas más que se pusieron rapidísimamente en la cola por delante. El reloj del lobby marcaba las 14:05 horas cuando, de repente, las manecillas comenzaron a moverse de manera lenta y errática, el techo y las lámparas se retorcieron, las arecas en sus macetas se doblaron hacia él en una curva imposible, amenazantes, y una canción de cuna distorsionada empezó a sonar de fondo mientras la voz del recepcionista se oía lejana, como ralentizada. Según el reloj pasaron 15 minutos cuando por fin lo atendieron, pero en declaraciones a su agencia y a un diario sensacionalista necesitado de noticias para relleno el Sr. Lastres los describió como más de una hora de pesadilla. «Me arruinaron las vacaciones», sentenció.

Expediente nº 3. Doña Susana Oria presentó su bono en la recepción del hotel a su llegada. La categoría de la habitación en la reserva era estándar, pero ella juraba y perjuraba que había pagado habitación con vista al mar. Se le invitó a tomar una cervecita en el bar mientras se resolvía la situación con la agencia. Finalmente se pudo confirmar que fue un fallo del departamento de reservas del hotel al malinterpretar un código de la agencia. Se buscó una habitación de categoría superior y con la vista contratada, tardando en el proceso no más de 20 minutos. Al par de meses llegó un descuento al hotel por el inconveniente, alegando que la clienta perdió todo un día de sus vacaciones por culpa del malentendido. Así, sin nubes grises, ni rayos ni centellas. A palo seco.

Expediente nº 4. Un director de hotel que colaboraba en el blog de la asociación hotelera de una provincia canaria publicó un día un post acerca de fenómenos extraños en hoteles, tales como minutos que se transformaban en horas o incluso días, maletas que cuadruplicaban su peso… Él aseguraba que le quedó ameno y cortito, pero la mayoría de los que lo leyeron lo encontraron un tostón largo e interminable. Capullos…

La verdad está ahí fuera.

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