Mucho se ha hablado últimamente del perdón exigido por México –o mejor dicho por el gobierno mexicano, que no es lo mismo– a España –en este caso sí se refieren a todo el país, aunque lo personalicen en la figura del rey–. También mandat opus –versión original y hay que admitir que mucho más elegante de la más habitual “manda huevos”– que hasta Nicolás Maduro se haya sumado a la petición, como si no tuviera él (personalmente, no sus ancestros) unos cuantos motivos para estar pidiendo perdón a la comunidad internacional, pero sobre todo y más que a nadie a su pueblo. Es una gran noticia que la señora Sheinbaum sea la primera mujer en asumir la presidencia de México, y como recién llegada al cargo no tiene todavía razones –al menos políticas– para pedir perdón, aunque ya se ve por dónde van a ir los tiros y todo se andará.

El señor López Obrador, sin embargo, sí tiene un sexenio por el que responder, y si bien su popularidad sigue siendo muy elevada en su país, eso no es necesariamente sinónimo de hacer las cosas bien –que seguro unas cuantas habrá hecho–, sino de saber decir lo que la gente quiere oír y vender lo que le interesa que compren, utilizando de forma magistral como excusa el pasado –lo malo de ahora ha sido heredado– y el futuro –se necesita más tiempo para que las medidas tomadas fructifiquen–. Tampoco es que haya inventado nada nuevo este señor, todos los gobiernos pecan en mayor o menor medida de ello, y si no que se lo digan a Trump y a cualquiera de los gobiernos que hemos tenido en España. Lamentablemente, este tipo de personalidades que mienten, exageran y enfrentan a la sociedad se suelen definir como brillantes, cuando la brillantez en un político, sobre todo si es presidente de un país, debería provenir de su capacidad de representar a todo su pueblo y de buscar el difícil y desgastado –de tan mentado– consenso.

No pretendo en esta publicación valorar las barbaridades que se cometieron durante la Conquista ni defender las cosas buenas que se hicieron –de ambas hubo una buena cantidad–, pero esta situación me ha hecho meditar bastante acerca de los conceptos de culpabilidad y perdón y en qué condiciones deberían darse una y esperarse el otro.

En primer lugar, el perdón –tanto el hecho de pedirlo como el de concederlo) debería ir acompañado de arrepentimiento. No tiene mucho sentido disculparte por algo de lo que no te arrepientes, ni perdonar a alguien que se disculpa pero no se arrepiente de lo hecho. Ahí viene el punto que complica más aun la cosa de que tampoco puede uno arrepentirse por algo que no ha hecho y de lo que no tiene culpa. ¿Tengo yo como español actual algún tipo de culpa en los hechos que sucedieron hace más de 500 años? Y en el improbable caso de que yo pudiera comprobar que un azteca mató a un antepasado mío –pongamos que D. Hernán de Josa–, ¿tengo el derecho moral de pedir que México o los mexicanos me pidan disculpas por ello? Quizá me dirían que él se lo buscó –lo cual seguramente sería bastante cierto–, pero la respuesta más probable sería, y con toda la razón, “¿pero qué chingados nos cuentas, güey?”. Llevándolo a un plano más familiar y cercano, ¿debo yo disculparme ante otra persona por lo que le hizo mi abuelo? Es sólo un ejemplo, mis abuelos eran todos bellísimas personas –a diferencia del bruto de D. Hernán…–. Pero si además esa persona ya no está entre nosotros, ¿debo además disculparme ante su nieto? ¿Y si encima de todo esa persona no sólo es nieto de su abuelo, sino también del mío? Vaya lío.

Tampoco tiene mucho sentido el hecho de que se exija ese perdón, una disculpa sincera debería ser por iniciativa de quien, ya sea consciente o inconscientemente, provocó el daño o la ofensa. En ocasiones se puede ofender sin ser consciente de ello y está bien que te lo hagan saber, pero la disculpa siempre debería nacer de uno y, salvo cuando éramos pequeños, que nuestros padres nos obligaban a hacerlo tras cometer alguna trastada como parte de nuestro aprendizaje a base de los errores de la vida, que te exijan una disculpa psicológicamente y de forma casi automática provoca en el ser humano el efecto contrario, siendo motivo suficiente para no hacerlo. En este caso la señora Sheinbaum lo hizo sabiendo perfectamente cuál iba a ser la respuesta –o mejor dicho, la no respuesta– y contaba con ello para mayor efectismo de la jugada. Quizá el gobierno español, además de criticar que no se invitara al monarca español a la ceremonia de investidura, debería exigir que se le pida perdón por no haberlo hacerlo, para así entrar en un bucle de perdones y “desperdones” que dejaría la jugada en tablas.

Además de la culpabilidad existe también la responsabilidad, por la que se responde por un hecho aun sin ser culpable del mismo, algo que quizá podría llegar a tener cabida en el conflicto hispano-mexicano. Está clara su aplicación cuando un menor de edad comete un daño, infracción o delito y sus padres, aun sin tener ninguna culpa, deben responder por ello ante la persona o entidad perjudicada, o incluso ante la ley. También los hoteles debemos responder en muchas ocasiones por los problemas derivados de los actos de nuestros empleados aun cuando no sea objetivamente culpa nuestra. Sin embargo, parece un poco más complicado determinar la responsabilidad de todo un país actual por hechos cometidos por personas y monarcas de los reinos que le precedieron hace siglos. Si usamos la misma vara de medir también se le podrían exigir disculpas a Claudia Sheinbaum como descendiente de judíos por la barbarie que se está cometiendo no hace 500 años, sino a día de hoy, por el gobierno israelí. Sería absurdo y ella podría defenderse fácilmente diciendo que ella es culturalmente judía pero no así en un sentido religioso, y que además ella no puede ser responsable de lo que haga el gobierno de otro país. A España se le está exigiendo una disculpa por algo que no fuimos nosotros ni fue a los que están allí ahora. Si abrimos esa caja –no digo de quién para no hacer publicidad encubierta– tendríamos que hacerlo con todas las consecuencias, y ponernos todos a disculparnos con todos por todo: los italianos con los españoles –y franceses, ingleses, tunecinos…–, los griegos con los egipcios, los homo sapiens con los pobres neandertales, Amaia con Leyre –que tiene la mosca detrás de La Oreja…–. Si no hay límite espacio-temporal siempre encontraremos algo que recriminar a alguien. Porque el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Y que luego se disculpe, claro.

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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