Cuando Trump tomó posesión de su cargo como presidente de los Estados Unidos se apresuró a deshacer lo máximo posible todo lo avanzado por su predecesor Biden, como para no dejar lugar a dudas acerca de lo que se nos venía encima. Entre otras cosas anunció la retirada de su país, segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, del Acuerdo de París, alegando que no saboteará sus propias industrias en favor de esa “injusta y unilateral estafa climática”, amenazando los esfuerzos globales contra el cambio climático y dejando claro que el medioambiente básicamente se la sopla –les pido por favor que tomen por buena la versión que da origen a esta expresión en la técnica del soplado de vidrio, la cual es más políticamente correcta que la que se nos viene primero a la cabeza, aunque no muy conocida (vamos, que me la he inventado)–.

Curiosamente, un par de días después de este anuncio se produjeron nevadas históricas en el estado de Florida y en Nueva Orleans, a modo de zasca recordatorio de que todo en este mundo está conectado y que aunque él pase del medioambiente, la Naturaleza no tanto de él. También anunció que su gobierno sólo acepta la existencia de dos géneros, masculino y femenino. Sin embargo, días después se anunciaba la nominación de Karla Sofía Gascón al Oscar –premio americanísimo él– a mejor actriz 2025. Este más que zasca fue un zasquita, pues estaba bastante cantado que no iba a alzarse con la estatuilla, aunque más bien por una combinación a partes iguales de ser una bocachancla de cuidado, sumado a la imperante cultura de la cancelación que exige ser ciudadanos encomiables y libres de toda culpa –o por lo menos parecerlo– para que se pueda tener en cuenta nuestra valía artística y/o profesional.

Tras lograr el premio a mejor actriz en Cannes se airearon unos tuits de hace años por los que la mujer no pudo ni asomarse por la mayoría de las galas y certámenes por los que se estuvo paseando el resto del elenco de Emilia Pérez, aunque en el último tiempo parece que se levantó de nuevo el veto e incluso pudimos verla esta madrugada en la gala de los Oscar, aunque sin paseíllo por la alfombra roja. Ahí surge el debate: ¿es compatible ser una estupenda actriz o un pintor sobresaliente y a la vez racista, o xenófobo, o incluso un depravadillo? ¿Es justo cargar para siempre con la losa de lo dicho o hecho hace años? ¿Realmente somos todos tan bellísimas personas como para permitirnos cancelar a todo aquel al que se la ha pillado con las manos en la masa, sea literal o figuradamente, e independientemente de lo que esté hecha esa masa?

Es normal que alguien nos caiga mejor o peor en función de las opiniones que tenga, y desde el momento en que un artista expresa su opinión, sobre todo en temas peliagudos como la política o la religión, se expone a que algunas personas renieguen de él/ella y decidan no ir a ver sus películas o comprar sus libros, o simplemente le critiquen en redes sociales o donde estimen conveniente. Esto supondría más bien penalizar, que no cancelar, y es una consecuencia implícita a la libertad de expresión. También se ha visto en ocasiones el caso de contratos y campañas publicitarias cancelados por comentarios o actitudes poco apropiados del que iba a ser su protagonista, pero aquí entran en juego principios y valores que pueden chocar con la marca en cuestión y que pueden justificar esa decisión. Pero en ningún caso un tuit hecho a nivel personal, por muy en desacuerdo que estemos con él, debería ser motivo para fulminar una carrera profesional y es muy preocupante que las redes sociales puedan llegar a tener este efecto tan arrollador sobre la opinión pública y la vida de la gente.

La cultura woke niega la posibilidad de la redención, de que la gente cambie, evolucione, se arrepienta o simplemente se equivoque. Si alguien es bueno o malo en lo suyo lo será independientemente de que se le caliente o haya calentado la boca en ocasiones, y lo justo sería juzgarlo por su obra. Son innumerables los ejemplos de artistas muy admirados por sus creaciones, pero que a nivel personal dejan o dejaban –por fallecidos, no por haber cambiado– mucho que desear. El gran Picasso no sólo era mujeriego e infiel, sino que es sospechoso de haber maltratado física y psicológicamente a varias de sus amantes, hasta el punto que dos de ellas acabaron mal de la cabeza, otras dos se suicidaron tras la muerte del pintor, una quinta tuvo que salir por patas con sus dos hijos para no volver a verlo nunca más… Sin embargo, ahí seguimos admirando su obra en los mejores museos del mundo y ni por asomo nos planteamos retirar el impresionante Guernica de su destacada ubicación en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. También hay innumerables ejemplos de alcoholismo y/o adicción al sexo –normalmente con más “y” que “o”– entre actores/rices y escritores/as, algunos de la talla de Ernest Hemingway, Joanne Crawford, Ava Gardner y Marlon Brando.

Si alguien es bueno o malo en lo suyo lo será independientemente de que se le caliente o haya calentado la boca en ocasiones, y lo justo sería juzgarlo por su obra

Dos de los directores más importantes del último siglo, Woody Allen y Roman Polanski, han sido más que sospechosos de abusos sexuales a menores, siendo sin embargo algunas de sus películas verdaderas obras maestras. Salvador Dalí era avaro, narcisista, cruel con las mujeres, reprimido sexual y simpatizante del fascismo que impostaba sus excentricidades, sin embargo nadie duda de su fascinante genialidad artística, reconocida mundialmente. También mi admiradísimo Van Gogh, solitario y depresivo, desarrolló un trastorno bipolar que le hizo cortarse la oreja tras discutir con Gauguin –en su defensa hay que decir que probablemente lo hizo por no cortársela a su amigo–. Está claro que cuando el presunto –o confirmadísimo– malo ya no está con nosotros es más fácil ser objetivo y centrarse en el artista más que en la persona, aunque seguramente esa forma de ser y pensar socialmente abominable actuó como catalizador de su creatividad y su arte. Detrás de muchas de las novelas, películas y canciones que nos emocionan hay probablemente gente misógina, racista, xenófoba y hasta maltratadora con la que no compartiríamos ni un café, sin que en la mayoría de casos nos enteremos de ello.

Está claro que los delitos deben pagarse y hay actitudes y formas de ser que, sin suponer una ilegalidad, pueden resultar desagradables e incluso socialmente repugnantes. Sin embargo, no deberían afectar a la apreciación artística o profesional de las personas –los grandes abogados de las películas suelen ser maquiavélicos y seguro que también hay excelentes médicos que son terribles personas–.¿Debemos privar al mundo de maravillosas obras de arte o del buen hacer de determinados profesionales sólo porque no son lo que consideramos buenas personas u opinan diferente a la corriente establecida? Hay actitudes que se pueden considerar inmorales, pero en ocasiones la moral puede ir variando en el espacio y en el tiempo, con lo cual ya estaríamos hablando más de censura, aunque ésta se suele centrar más en la obra, que de cancelación como tal, que lo hace sobre la persona, con la obra como víctima colateral.

La cultura de la cancelación es hipócrita por definición, pues debería implicar que quienes la aplican fueran absolutamente escrupulosos en sus formas e intachables en sus hábitos; sin embargo, la inmensa mayoría de los humanos tenemos algún motivo por el que ser cancelados, salvándonos más que nada porque nadie tira de hemeroteca ni hurga en nuestras redes sociales dada nuestra poca trascendencia social. Además, la cancelación daña a los individuos y destruye la libertad, genera intolerancia, acoso, violencia y amenazas, actuando cual tribunal inquisidor.

La cultura de la cancelación es hipócrita por definición, pues debería implicar que quienes la aplican fueran absolutamente escrupulosos en sus formas e intachables en sus hábitos

Trump, abiertamente contrario a la cultura woke, está aplicando sin embargo de manera compulsiva en este nuevo mandato su propia versión de la cancelación en el marco de sus paranoias racistas, xenófobas, negacionistas y conspiranoicas, adaptando la realidad a su propia conveniencia, negando hasta lo más obvio cuando le interesa, viendo enemigos por todas partes –ha llegado a prohibir en las escuelas dependientes del Departamento de Defensa un precioso libro infantil escrito por mi adorada Julianne Moore que promueve la autoaceptación, qué gran peligro–, tratando al agredido como agresor –provocando el inaudito calentón con Zelensky en la Casa Blanca– y con esos delirios de grandeza que le permiten recrear la reconstrucción de Gaza como fabuloso resort de playa que podría competir turísticamente con nuestras maravillosas islas, aunque nosotros por suerte no tenemos ninguna estatua dorada de Trump adornando nuestras calles.

Si van Gogh levantara la cabeza seguramente se cortaría la otra oreja.

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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