Estando el otro día en la puerta de embarque en el aeropuerto y habiéndose hecho la típica fila medio silenciosa de viajeros previa al anuncio del vuelo –en este aeropuerto sí lo hacían–, de repente un chico que estaba detrás de mí me suelta “pero tío, de verdad, es que los tienes bien cuadrados”. Me quedé estupefacto, pues no había reconocido a nadie en la fila que me pudiera hablar con tal confianza, mucho menos que pudiera conocer la forma de mis interioridades. Cuando me giré estaba el muchacho mirando hacia un lado y continuó: “Pero bueno, tío, lo hablamos ahora que llegue, nos vemos en un rato. Chaooooo”. Y siguió todo feliz consultando algo en su móvil.