Espero que usted, que me está leyendo, sea alguno de los afortunados que son desde ayer más ricos que cuando se acostaron el sábado; otros nos tenemos que conformar con haber recuperado parte del dinero invertido (algo es algo), pero hay que admitir que la lotería es una parte importante de la idiosincrasia navideña. Esta nos permite soñar e ilusionarnos con un cambio radical en la normalmente maltrecha economía de la mayoría de los ciudadanos, lo que les permitiría ese viaje soñado, quitarse la hipoteca, renovar el coche o, mejor todavía, mandar al jefe a tomar por el cerequeque sin miedo a las consecuencias. Lógico, aunque lamentablemente, ese giro en el guion de la vida lo disfrutan finalmente sólo unos pocos a los que vemos en la tele sacudiendo, descorchando y derramando alegremente el contenido de varias botellas de cava. En público todos afirmamos alegrarnos por ellos, pero en realidad nos reconcome la muy española y mucho española envidia, sin alcanzar a entender por qué ellos y no nosotros, con lo majos que somos y lo mucho que nos lo merecemos. Por suerte esto dura sólo unas horas; luego, lo normal es que nos repongamos y sigamos con nuestras vidas esperando que quizá el año que viene tengamos más suerte, y además todavía nos queda El Niño, y si no la ONCE, la Primitiva, la Quiniela… Vamos, que por oportunidades no será.
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