Espero que usted, que me está leyendo, sea alguno de los afortunados que son desde ayer más ricos que cuando se acostaron el sábado; otros nos tenemos que conformar con haber recuperado parte del dinero invertido (algo es algo), pero hay que admitir que la lotería es una parte importante de la idiosincrasia navideña. Esta nos permite soñar e ilusionarnos con un cambio radical en la normalmente maltrecha economía de la mayoría de los ciudadanos, lo que les permitiría ese viaje soñado, quitarse la hipoteca, renovar el coche o, mejor todavía, mandar al jefe a tomar por el cerequeque sin miedo a las consecuencias. Lógico, aunque lamentablemente, ese giro en el guion de la vida lo disfrutan finalmente sólo unos pocos a los que vemos en la tele sacudiendo, descorchando y derramando alegremente el contenido de varias botellas de cava. En público todos afirmamos alegrarnos por ellos, pero en realidad nos reconcome la muy española y mucho española envidia, sin alcanzar a entender por qué ellos y no nosotros, con lo majos que somos y lo mucho que nos lo merecemos. Por suerte esto dura sólo unas horas; luego, lo normal es que nos repongamos y sigamos con nuestras vidas esperando que quizá el año que viene tengamos más suerte, y además todavía nos queda El Niño, y si no la ONCE, la Primitiva, la Quiniela… Vamos, que por oportunidades no será.

En realidad estas ansias loteras no casan mucho con lo que debería ser el verdadero espíritu navideño, y aunque la Navidad sigue siendo una fiesta muy entrañable para muchos, motivo de gran alegría por el reencuentro con gente querida, en ocasiones muy lejanas es indudable que a lo largo de los años y décadas se ha ido transformando en un período de excesos en que comemos, bebemos y compramos a niveles muy superiores a los habituales el resto del año. Y como ya no nos basta con la Navidad ni con las posteriores rebajas, se han ido añadiendo nuevas celebraciones y excusas para garantizar que nos gastemos todo lo que podemos (y un poco más también).

El Black Friday, de relativamente reciente introducción en nuestro país, es para variar un invento norteamericano que tiene lugar el día siguiente a la tradicional celebración de Acción de Gracias (que es el cuarto jueves de noviembre) y que inaugura la temporada de compras navideñas. En un principio consistía en ofertas bastante agresivas (con la sospecha siempre de inflar los precios poco antes para no sacrificar mucha rentabilidad) y válidas únicamente en las compras realizadas en esa fecha; luego ya algunos comercios implantaron el Black Friday Weekend, y ya en los últimos años las agencias que colaboran con mi hotel nos piden ofertas desde mediados de noviembre hasta incluso los primeros días de diciembre, siendo ésta la tónica general también en tiendas de moda, electrónica y páginas chinas varias. Así que más que Black a este viernes lo veo sobre todo muy Long. También el menos popular Cyber Monday dura en la mayoría de casos toda la semana, demostrando poca visión comercial, pues suficientemente largos se nos hacen ya los lunes para que nos los estén alargando artificialmente. Todo esto ha llevado a que en un cuestionario de calidad de mi hotel un cliente se preguntaba a modo de queja que dónde estaban las luces y la decoración de Navidad. Era 28 de noviembre. ¿Pueden imaginar peor tortura que escuchar durante dos meses seguidos la cancioncita de Mariah Carey y el Last Christmas de Wham?

En los últimos años las agencias que colaboran con mi hotel nos piden ofertas desde mediados de noviembre hasta incluso los primeros días de diciembre

Este desmesurado fenómeno de los viernes de 3 semanas o Navidades bimestrales tiene también una variante geográfica, por la que algunos hoteles tienen en su nombre una zona emblemática de la ciudad aun cuando se encuentran a kilómetros (Times Square, Tour Eiffel o Plaza Mayor, por ejemplo) y determinados aeropuertos con el nombre de una ciudad se encuentran exactamente donde quería mandar el de la lotería a su jefe (Frankfurt-Hahn o Paris-Vatry, entre otros).

Esta particularidad de los lugares que se extienden y las fechas que se estiran como un chicle sin aparente punto de fractura también les sucede a los clientes de los hoteles cuando escriben pidiendo un upgrade gratuito por su cumpleaños o aniversario (que fue meses antes) o porque están de luna de miel (sin haberse casado). Supongo que es el signo de los tiempos: alargar hasta el infinito y más allá lo que nos gusta o conviene, y reducir al máximo lo que nos asusta o incomoda (veo a futuro campañas de la renta de 3 días…).

Yo de momento sigo ajeno a esta tendencia y celebro las cosas cuando y como corresponde, ni más ni menos. Por eso aprovecho hoy, 23 de diciembre, para felicitarles a la manera tradicional y desearles una tranquila Nochebuena con su gente querida, una feliz Navidad y una espectacular entrada al nuevo año. Y pónganse las pilas, que antes de darnos cuenta ya habrá que ir haciendo planes para el Mes Santo.

 

, , , , ,


Fernando Josa Marín es director de hotel

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars ( 1 votos, media: 5,00 de 5 )
Cargando...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *