En estos últimos meses tan cinéfilos he podido comprobar, una vez más, lo polarizada que está nuestra sociedad incluso en las cosas más banales. Ahora resulta que las dos Españas se dividen entre el team Torrente presidente y el team Amarga Navidad. Dos estilos de cine completamente distintos, sí, pero no necesariamente excluyentes. Una misma persona puede disfrutar de ambas películas dependiendo del estado de ánimo, la compañía o el motivo de la quedada, igual que puede alojarse unas veces en un “solo adultos” de lujo, otras en un “todo incluido” familiar y otras en un hotel urbano sin pretensiones. Todo depende del contexto.

Yo, de hecho, no he visto ninguna de las dos. Tampoco he visto nunca una película de la saga Torrente —ese tipo de humor no me atrae en absoluto—, pero no me cuesta imaginar que haya quien disfrute tanto de una como de otra, o de ninguna. Yo mismo puedo pasar de reírme con un capítulo de Los Simpson a enfrentarme a algo como Sirat, que todavía hoy no sé si me gustó o no. Y esa es precisamente la clave: que existan opciones, que convivan, que llenen salas en España y, ojalá, en el mundo entero, aunque en eso Almodóvar me temo que lo tiene más fácil.

Algo que siempre me ha llamado la atención en los premios de cine —ya sean de academias o festivales— es que, en una sociedad cada vez más empeñada en la inclusión, por convicción o por obligación, seguimos separando los premios interpretativos por género. Mejor actor, mejor actriz, tanto en protagonista como en reparto. Curiosamente, esa distinción no existe en categorías como mejor dirección.

El primero en romper esa dinámica fue el Festival de Berlín, que instauró premios a la mejor interpretación protagonista y de reparto sin distinción de género. Poco después le siguió San Sebastián, aunque con matices: en varias ocasiones ha otorgado el premio ex aequo a dos intérpretes —normalmente hombre y mujer—, lo que le resta algo de fuerza a la supuesta valentía del cambio. En los últimos años se han sumado otros premios como los Gotham o los Independent Spirit.

Y aquí es donde surge la pregunta: si el premio a la mejor dirección se otorga a quien mejor dirige, ¿por qué no aplicar exactamente el mismo criterio a la interpretación? ¿De verdad no se pueden comparar actuaciones de hombres y mujeres? Si los miembros de la Academia son capaces de decidir que Michael B. Jordan actuó mejor que Leonardo DiCaprio —que ya es decir—, y que Jessie Buckley destacó sobre Emma Stone o Kate Hudson, digo yo que también podrán determinar cuál de dos interpretaciones, independientemente del género, es superior.

Algo que siempre me ha llamado la atención en los premios de cine —ya sean de academias o festivales— es que, en una sociedad cada vez más empeñada en la inclusión, por convicción o por obligación, seguimos separando los premios interpretativos por género

Lo que resulta más llamativo es el silencio general. Ni feministas ni machirulos, ni progres ni conservadores, ni Almodóvar ni Segura, ni las Montero ni la Monasterio —bueno, yo creo que ya queda claro por dónde voy— parecen haberse preocupado demasiado por esta incoherencia. Quizá exista un temor lógico a que, sin separación, los premios acaben mayoritariamente en manos de hombres. No sería descabellado, al fin y al cabo sólo cuatro mujeres han recibido el galardón a mejor dirección en los 40 años de historia de los Goya y todavía menos, tres, en los casi cien de los Oscar. Pero precisamente por eso la solución no debería ser compartimentar, sino garantizar que el criterio sea realmente justo y libre de sesgos. Porque dividir los premios no corrige el problema de fondo; simplemente lo maquilla. Resulta especialmente llamativo en el caso de los Goya, siempre tan comprometidos —a veces con un entusiasmo un tanto forzado — con nobles causas y discursos igualitarios, pero que mantienen sin cuestionar esta distinción.

Con la que está cayendo quizá todo esto se considere un asunto menor. Al fin y al cabo, el mundo está lleno de problemas más urgentes, siempre “hay cosas más importantes”. Como si preocuparse por un problema implicara desentenderse de los demás, cuando la mayoría de la gente no hace nada ni por uno ni por los otros. En todo caso, quizá la solución a los problemas más globales e inmediatos sea mucho más sencilla de lo que pensamos.

Si ya Trump estaba todo contento con su auto-otorgado Nobel de la Paz, a lo mejor si le hubieran dado el Oscar a mejor actor —protagonista, por supuesto—, tal vez se habría canalizado su necesidad de reconocimiento y hubiéramos mantenido su ego a raya aunque fuera para ganar unos pocos meses, aunque a ver quién es el majo que le obliga a dar su discurso en 45 segundos. Lo malo es que entonces sólo hubiera quedado la opción de mejor actriz –o peor aún, mejor corto animado– para Netanyahu, y algo me dice que ahí la habríamos fastidiado de nuevo.

Mientras tanto, el Hombre –o mejor dicho, tres hombres y una mujer– andan orbitando la Luna más de medio siglo después, como primer paso para establecer una base permanente antes de 2040. Viendo el panorama, más vale que se den prisa o no nos dará tiempo a mandar a nadie para allá ni aunque sea para asegurar la continuidad de la especie cual arca de Noé moderna. Aunque quizá sea mejor así para el pobre Universo.

Porque algo me dice a mí que, a este paso, el año que viene el Oscar —y nuestro planeta— podría quedar desierto.

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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