El otro día veía un estupendo documental de dinosaurios en Netflix en el que explicaban que hace 66 millones de años un asteroide cayó sobre la actual península de Yucatán, provocando una exterminación masiva de los dinosaurios no avianos y de alrededor del 75% de las especies del planeta. No pude evitar imaginarme a la Sheinbaum con su habitual parsimonia exigiendo disculpas al sistema solar por el daño causado a los dinosaurios originarios, mientras una Ayuso interplanetaria defendía las virtudes transformadoras y depuradoras del meteorito en cuestión.

Y es que vivimos tiempos tan politizados y polarizados que ya no hay acontecimiento, por remoto o absurdo que sea, que no termine convertido en munición ideológica. Si hay un crimen y el agresor es extranjero, automáticamente aparece quien culpa a la inmigración de todos los males, mientras en el extremo opuesto alguien señala al racismo y a la exclusión social como responsables últimos de cualquier delito. Si el atacante es hombre y autóctono, unos hablarán de patriarcado estructural; si es mujer, otros recurrirán a problemas mentales o circunstancias personales para relativizar lo ocurrido. Como si atacar –y atajar– una cosa no fuera compatible con condenar –y perseguir– la otra. Hemos perdido bastante capacidad para sostener dos ideas a la vez sin convertirlo todo en una batalla tribal.

También el hantavirus acabó convertido en una controversia política. El choque entre el Gobierno canario y el central dejó acusaciones cruzadas de falta de transparencia, insuficiente colaboración y alarmismo innecesario. Pero el alarmismo innecesario es una de las características más persistentes del ser humano en general, y de una parte importante del periodismo en particular. En cuestión de días empezaron a ocupar titulares otros casos de cruceros con norovirus, algo que existe desde hace décadas tanto en barcos como en hoteles y otros entornos donde miles de personas comparten espacios cerrados de forma continuada.

Los norovirus son extremadamente contagiosos, aunque normalmente bastante menos peligrosos de lo que algunos titulares parecían insinuar: en la mayoría de casos no pasan de un par de días de fiebre y molestias gastrointestinales. Precisamente por eso existen desde hace tiempo protocolos sanitarios muy definidos que incluyen restricciones temporales, limpiezas profundas, retrasos o desembarcos controlados. No es algo nuevo ni excepcional, aunque la cobertura reciente haya transmitido a veces la sensación contraria.

Sin embargo, la atención mediática y el tono de algunas informaciones están generando una percepción de inseguridad desproporcionada alrededor de los cruceros, por suerte todavía sin traducirse en una oleada importante de cancelaciones, aunque sí quizá en cierta ralentización de las reservas. Y aquí conviene recordar algo que a veces parece olvidarse: el periodismo se fundamenta en el derecho de la sociedad a estar informada y debería basarse en la búsqueda de la verdad factual, el rigor, la independencia y la responsabilidad. Lo de mantenerse completamente al margen de presiones políticas o intereses económicos da para echarse unas cuantas risas viendo el panorama actual, pero aun así España sigue teniendo, con todos sus defectos, una libertad de prensa razonable en comparación con buena parte del mundo.

El problema es que la polarización mediática es cada vez más evidente y el tratamiento de determinadas noticias se vuelve deliberadamente alarmista porque el miedo, la indignación y la ansiedad generan clics, audiencia y conversación. Y aunque solemos asociar la discriminación o el odio únicamente a cuestiones de raza, sexo o nacionalidad, un tratamiento irresponsable de la información también puede terminar estigmatizando sectores enteros o actividades económicas concretas, como ocurre ahora con los cruceros o como llevamos años viendo con la hostelería y el turismo en general.

Y menos mal que Eurovisión lo ganó Bulgaria, porque si no, agüita con la bangaranga que se nos venía encima. Casi habría sido mejor otro meteorito.

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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