Se habla mucho de la obsesión que tenemos en estos tiempos por dejar constancia visual –ya sea fotográfica o en vídeo– de todo lo que hacemos, especialmente si se trata de algo que interpretamos como guay, para así poder compartirlo en redes sociales con el resto de la Humanidad –al menos esto ha servido para extinguir la antigua tortura de la sesión de fotos de las vacaciones de los amigos en el salón de su casa–. Hay situaciones y lugares que pueden permitir la perpetuación de un momento sin por ello sacrificar su disfrute, pero en general el hecho de inmortalizarlo supone limitar su goce, lo cual a priori suena bastante absurdo. Es lo que pasa cuando el objetivo principal no es conocer un lugar o disfrutar de un evento, sino poder alardear de haber estado allí –el disfrute para algunos radica precisamente en poder dar envidia, de lo contrario ni se hubieran planteado ir–.

Hay que tener en cuenta también que este afán de fotos ‘únicas’ que han dado fama a determinados lugares del mundo por ser decididamente instagrameros puede provocar –y provoca– también molestias a otras personas, algunas totalmente ajenas al fenómeno. Por ejemplo, cuando se forman grandes colas para acceder a un lugar turístico tanto por la cantidad ingente de personas que quieren visitarlo, como por el tiempo que demora cada uno de ellas en lo que ensaya la sonrisa, encuentra el ángulo adecuado y toma el selfie o graba el reel que demostrará al mundo que allí estuvo –y sin todo ese montón de gente–. En ocasiones ni siquiera es necesario que el lugar sea bonito, basta con que en la foto lo parezca.

Es un poco paradójico que ahora que está tan en boga el llamado turismo de experiencias –aunque el turismo por definición siempre debería serlo– nos concentremos tanto en cómo compartirlas con los demás cuando en realidad es una meta imposible, pues así como se pueden compartir fotos y hasta mejorar la percepción de un determinado lugar o paisaje a través de ellas, las experiencias vividas son únicas, personales e intransferibles. Como mucho se pueden intentar contar con pasión y todo lujo de detalles, pero nunca podremos conseguir que otra persona experimente lo que nosotros hemos vivido. Algo parecido pasa con el arte, pues una obra puede verse e incluso analizarse a través de fotos, también hay visitas virtuales a museos en internet, pero no hay nada comparable a su disfrute en vivo, creando experiencias únicas en cada persona. Por eso en las pinacotecas y museos de arte en general resulta especialmente superfluo, además de molesto, que la gente esté tomando fotos y haciéndose selfies continuamente, pues ralentiza enormemente el flujo de los visitantes, provocando aglomeraciones e impidiendo la simple contemplación de la obra.

En este sentido me parece muy coherente, valiente y encomiable que el Museo del Prado prohíba tomar fotos en sus salas. En uno de estos días carnavaleros tuve la oportunidad de visitarlo con mi hijo menor y fue una experiencia realmente sorprendente. Sin duda tuvo mucho que ver la belleza del edificio y la singularidad y calidad de las obras expuestas, pero lo que realmente disfrutamos de manera muy especial fue el poder caminar pausadamente por las salas sin tener que estar pendientes de no colarnos delante de un grupo de japoneses sacándole fotos a la Maja Desnuda o esperar a que termine de poner morritos la chica rubia con pinta de nórdica para poder ver el Jardín de las Delicias. Estar frente a Las Meninas sin hordas de gente, pudiendo fijarnos en los detalles, en la profundidad que le otorgan los tres planos en que se encuentran los diferentes personajes, la compleja dinámica entre el pintor, los modelos y el espectador en un juego de reflejos y miradas … Y todas esas microescenas, como la de Nicolasito Pertusato poniendo el pie sobre la espalda de un mastín como despertándolo –si yo fuera el perro hace ya un buen rato que le hubiera mordido…–.

Lamentablemente, el Museo del Prado es la única de las grandes pinacotecas del mundo que prohíben las fotografías, algo que le vendría muy bien al Louvre y a su congestionada Mona Lisa, que hasta me da la sensación que está perdiendo la sonrisa y que de tanta gente a la que sigue la mirada está empezando a bizquear.

En todo caso no es necesario ser drásticos, las fotos están muy bien si realmente nos damos el tiempo para disfrutar de las cosas y las hacemos para recordar lugares que nos han gustado y rememorar las sensaciones que nos produjeron. Se trata en realidad de ser egoísta y dar prioridad absoluta a nuestro deleite, prescindiendo de todo lo que nos pueda distraer en este objetivo, incluyendo esa supuesta necesidad de ser el foco de atención –y envidia– de los demás. La próxima vez que te veas con el móvil en mano pensando en grabar ese recital inesperado en la calle en Londres, sacar una foto de ese precioso pueblo que vislumbras de repente en la distancia desde el tren en Suiza o captar el momento preciso en que ese rorcual emerge del océano durante esa excursión marítima en Tenerife, no te lo pienses dos veces y haz como los famosos cuando están cenando en un lugar que creían discreto y ven que les han descubierto los paparazzi. Levántate y grita (grítate): “¡Fotos no!”. Y sigue disfrutando.

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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