Entre la inagotable “operación militar especial” de Putin, el precio de los suministros y la inflación galopante, la verdad es que este verano nos han dado −y siguen haciéndolo− a base de bien y por donde más duele… Pero al menos, quien más quien menos, ya todos hemos tenido nuestra ración de vacaciones pospandémicas −es un decir, pues la pandemia sigue−, en las que hemos disfrutado por fin de la tan ansiada vuelta a la normalidad: playas petadas, hordas de turistas en los museos para hacerse un selfie con un cuadrito chiquitín, multitudes en conciertos y orgullos varios, las fiestas en el pueblo con el regreso de las vaquillas −y la novedad de los pinchazos−…
Boris Johnson, COVID-19, distancia social, Grease, guerra en Ucrania, mascarillas, Olivia Newton-John, vaselina
A pesar de su actualidad, no me refiero a los dos metros recomendados entre personas, sino a su vertiente más psicológica. Hace unos días estaba yo en el súper con mi mascarilla superfashion −antes muerto que sencillo− y justo en el momento en que realizaba la salida del establecimiento di un resoplido que empañó mis gafas y nubló mi vista por unas décimas de segundo, con tan mala suerte que por mi izquierda venía una señora de aspecto dulce y bastante mayor a la cual, siendo para colmo ese mi lado más cegatón, no vi. Nunca llegó a haber peligro de choque ni tan siquiera a transgredir la distancia de seguridad, pero la susodicha se llevó un susto morrocotudo y soltó un grito corto y seco.
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