Entre la inagotable “operación militar especial” de Putin, el precio de los suministros y la inflación galopante, la verdad es que este verano nos han dado −y siguen haciéndolo− a base de bien y por donde más duele… Pero al menos, quien más quien menos, ya todos hemos tenido nuestra ración de vacaciones pospandémicas −es un decir, pues la pandemia sigue−, en las que hemos disfrutado por fin  de la tan ansiada vuelta a la normalidad: playas petadas, hordas de turistas en los museos para hacerse un selfie con un cuadrito chiquitín, multitudes en conciertos y orgullos varios, las fiestas en el pueblo con el regreso de las vaquillas y la novedad de los pinchazos…

La distancia social pasó a la historia; al que lleva mascarilla lo miramos raro y lo tachamos directamente de hipocondríaco, ya no nos morimos de la vergüenza al toser y volvemos a estornudar estrepitosamente con efecto aspersor sin ningún tipo de pudor… Se supone que el covid iba a cambiar muchas cosas, pero debo confesar que siempre tuve muy claro que no sería así, hay demasiados ejemplos en la historia −algunos muy recientes− que demuestran que no aprendemos de nuestros errores y estamos de hecho condenados a repetirlos in sécula seculórum. Amén.

También nos ha pegado duro este verano la climatología, con calor extremo en toda Europa y prácticamente en todo el hemisferio norte. En el Reino Unido nunca antes se había superado la barrera de los cuarenta grados −sin contar el tequila de las fiestuquis clandestinas de Mr. Johnson− y hemos podido completar un peculiar Libro Guinness meteorológico: granizo del tamaño de una pelota de tenis en Gerona, reventón térmico inédito en Cullera, la peor sequía en Europa en los últimos 500 años, el verano más caluroso en España desde que existen registros… Y justo ahora nos toca poner el aire acondicionado a 27ºC.

Lo malo es que con el calor han regresado también los clientes que han viajado por todo el mundo, aquellos a los que es la primera vez que les pasa lo que sea que se empeñan en que es la primera vez que les pasa justo en nuestro hotel −ya es casualidad, oye−; el que quiere descuento y salida tarde garantizada porque es un Genius nivel 3 −aunque alguno parece más bien tontius nivel Dios− , y el que tiene 200.000 seguidores −la que va a liar como se pierda…− que te amenaza con publicar su opinión en redes sociales si no les das esto o lo otro.

Ha sido este un verano típico en cuanto al retorno a la antigua normalidad, pero también atípico por todas estas inusuales circunstancias que nos han tocado vivir. Incluso lo que parecía imposible, que no iba a pasar nunca, pasó: nos dejó Isabel II. Y con la bienvenida al talludo Carlos III quizá pongamos el broche final a un peculiar verano que hay que ver lo que ha dado de sí y en el que incluso nos dejó otra incombustible dama: Olivia Newton-John.

A la habitual y lógica tristeza que acompaña a la muerte de cualquier personaje famoso, en el caso de Olivia se ha sumado una cierta incredulidad, a pesar de su conocida lucha contra el cáncer, pues se había convertido en parte del imaginario cultural de toda una época. Pero las leyendas nunca mueren y siempre nos quedará su legado gracias a la portentosa Grease −en algunos países de Hispanoamérica se conoció también como Brillantina o incluso Vaselina−, probablemente la película con la banda sonora más bailada de la historia y con una innegable conexión en la pantalla y fuera de ella entre John Travolta y Olivia en su papel de la dulce Sandy y −alerta spoiler− su sorprendente alter ego macarra.

Ya pronto nos dejará este verano con un sentimiento agridulce por la bastante cierta sensación de retorno a la normalidad en el día a día con respecto a los dos últimos años, pero también por todo lo malo que nos ha traído y la nueva incertidumbre de cara a este otoño/invierno, con la perspectiva del continuado aumento de la inflación, de una escalada histórica del euríbor y de recesiones varias en ciernes.

Y así me siento hoy, confuso, triste y con el corazón partido como Danny Zuko en el autocine, pensando: «Oh, por qué nos dejaste, oh Sandy…»

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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