Ha pasado el verano de la pandemia, pero seguimos inmersos en ella, sufriendo sus consecuencias directas e indirectas. El mundo se ha puesto patas arriba y el sector del turismo ha sufrido una cachetada tan grande que nos cuesta discernir si lo que estamos viviendo es real o es una pesadilla. Nadie creyó ni planificó una crisis como la actual; todo parece más propio de una película de ciencia ficción o de un relato cansino de esos que pronunciaban algunos analistas agoreros.
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En estos días de comienzo de verano pospandémico, mientras preparaba mi primera entrada en este blog, me venían a la mente esos veranos de la niñez en casa de los abuelos. Estoy seguro que prácticamente todos los que me leen recuerdan con nostalgia y cariño aquellos veranos en el campo, en compañía de perros, gatos, gallinas, pájaros, saltamontes, lagartijas,… tierra, calor, agua y vida. Y la llegada de esa momento lo esperábamos con ansia; no era necesario más que disfrutar de aquellas noches largas, calurosas y silenciosas, y de esos días luminosos, llenas de aventuras y descubrimientos.
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