Aeropuerto, la era de la oscuridad

Cuaderno de viajes

La Era de la oscuridad

31 Ene , 2014  

Hace tiempo que Tenerife dejó de hacer gracia a mis amigos. Sobre todo a los que tengo derrotando días en Navarra y Aragón. Y es una pena. Recuerdo perfectamente que años atrás, en la Era de la esperanza, la relación entre ellos y la isla fluía en tonos pastel, casi de una forma idílica, prácticamente a tubo de vaselina por mes; un gustazo de noviazgo del que yo me aprovechaba a lo grande, paseando a mis colegas por los aquí y allá tinerfeños, alimentándolos en guachinches y animándolos a corregir el lenguaje hasta hacerlos incondicionales de las guaguas, las papas y las gavetas. Qué días aquellos en que Tenerife les suponía un escape, un paréntesis, una alegría, un merece la pena vivir, un para qué te voy a escribir Sol si te voy a visitar el próximo fin de semana. Sin embargo, aquello duró poco. Enseguida llegó la Era de la oscuridad y todo se volvió pardusco y caro. Más caro que pardusco, para ser exactos.

En la Era de la oscuridad la camaradería entre mis amigos y Tenerife cayó en desuso. Ocurrió de golpe, sin paños calientes ni preavisos. Más o menos así: «Oye, te llamo para decirte que no vamos este mes. Los billetes han subido que no veas y encima ya no hay vuelos directos desde Zaragoza». Desgraciadamente, aquel primer mes de ausencia se transformó en año, y el año en lustro, y así hasta ahora. Un ‘ahora’ en que a los colegas les sale más barato irse a Roma cuatro días con viaje y hotel incluidos que el tren y el taxi hasta el aeropuerto de Barajas para ver si pillan un vuelo barato a Tenerife. Por eso, y como decía al principio, hace tiempo que esta isla dejó de hacer gracia. Ya no es cómoda ni asequible. Tal vez sí lo sea para la España centralizada en Madrid y Barcelona, pero desde luego no para la España de las comunidades autónomas, donde los aeropuertos pasan de Canarias y ponen rumbo directo a otros destinos.

Las escapadas de fin de semana y puentes al Archipiélago empiezan y terminan prácticamente en un par de ciudades peninsulares, condenando a las demás regiones a alejarse tanto de las Afortunadas que se dirían imaginadas, soñadas o irreales. Así que, en cuanto a mí se refiere, ya solo veo a mis amigos y familiares en tierra peninsular. Porque por mucho que les insista que aquí tienen una casa donde quedarse, en cuanto calculan los gastos del viaje vomitan ironía y se quedan tan anchos: «Ven tú que a nosotros nos da la risa».

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Sol Rincón Borobia (@RinconBorobia) es periodista y diplomada en Turismo.

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