El cambio de año ha supuesto en cierta manera también un cambio de enfoque y actitud. No es que uno haya perdido el optimismo, y mucho menos que se dé por vencido, pero llevamos muchos meses de pandemia y han acabado pasando factura no sólo desde un punto de vista económico, sino en una suerte de fatiga que, más que física, es existencial (y perdonen si me pongo muy filosófico, pero así somos yo y mis circunstancias). Tras tanto tiempo elucubrando el sector turístico y el del transporte acerca de medidas para compatibilizar nuestra actividad con el coronavirus sin tener en realidad la capacidad para ponerlas en marcha, e ignorándolas de manera sistemática quienes sí las tenían, poco se puede hacer ya para cambiar las cosas a nivel global (salvo la valiosa responsabilidad individual, que siempre suma).

Estos últimos meses han sido un machaque continuo de información, aclaraciones y rectificaciones, bulos, noticias tendenciosas y medias verdades… Al principio, durante el confinamiento duro, uno creía ver partículas del virus por doquier y la pasaba practicando posturas al más puro estilo Matrix para evitarlas, frenando en seco en el súper cuando, al ver a la vecina del cuarto en la sección de frutas y verduras, sentía que iba a transgredir la burbuja imaginaria de la distancia de seguridad (y algo tiene también que ver que es una cotilla y no quería que me viera). Cuando llegaba a casa mi señora me hacía quitarme la ropa (para meterla en una bolsa de plástico, mentes calenturientas…) y los zapatos, a los que echaba un práctico desinfectante en spray, realizaba el ritual de los 45 segundos de lavado de manos antes de acariciar al gato y procedía a ducharme antes de dar cualquier muestra de cariño al resto de la familia (la humana). Ahora el ritual consiste en llegar, lavarse rapidito y coger una cerveza. Y es que el desconocimiento combinado con el sensacionalismo de algunos medios y personas resultan una mezcla muy explosiva.

En estos meses hemos sacrificado no pocas neuronas intentando descifrar –porque lo de entender lo doy ya por imposible– las variopintas y cambiantes medidas sanitarias establecidas a nivel local, nacional y mundial, cuyas incongruencias e inconsistencias conducen al incumplimiento y al hartazgo. También se ha invertido mucho temple en las eternas esperas por un acuerdo en las negociaciones entre gobierno y agentes sociales de cara a las renovaciones de los ERTE y otras medidas, siempre in extremis –como si nos hiciera falta más emoción, vamos a ver si en la próxima no nos pasa igual–, y gran esfuerzo en la posterior investigación y análisis de posibles interpretaciones y cambios en procedimientos. El fin es perjudicar lo menos posible al personal en cuanto al correcto cobro en tiempo y forma de sus prestaciones, así como aprovechar al máximo las ventajas de esos instrumentos para lograr la mejor posición de la empresa de cara a su supervivencia.

También ha sido tiempo de preparar y perfeccionar los protocolos recomendados para que sean tanto factibles como efectivos –muchos de ellos pecaban más de lo segundo que de lo primero–, aunque algunos no hemos tenido la oportunidad todavía de ponerlos en práctica. También ha intentado uno estar al día en cuanto a los test disponibles para tratar de entender las características de cada tipo, la relación entre su coste y la fiabilidad…  Soñando con que alguien encontrara y compartiera con los gobiernos del mundo la combinación ganadora, la solución que permitiera realizar cribados masivos o alguna forma de detección precoz del virus para atajarlo y evitar nuevos contagios, así como la realización de test en origen y/o destino de manera coordinada a nivel internacional para garantizar la movilidad entre países de manera estable. Pero eso nunca pasó. Y a estas alturas dudo de que ya vaya a pasar.

A pesar de todas las medidas que se han tomado y se toman este virus nos está toreando como quiere y está demostrando que nadie tiene la fórmula secreta para combatirlo: los países que en marzo fueron considerados un ejemplo de gestión de la pandemia ahora lo son de cómo se puede llegar a desbocar; comunidades con fuertes restricciones no consiguen doblegar la curva, y otras con medidas más laxas sí, y a esas mismas comunidades luego se les disparan los contagios a pesar de seguir la misma metodología; y medidas que funcionan en el Reino Unido… ah, no, que esas no funcionan ni allí.

Por eso ya va siendo hora de tomarse las cosas con filosofía, respirar hondo y repetir “¡¡oooooom!!” para adaptarnos a la situación de la forma menos dolorosa posible. Si hay algo que ha dejado claro el coronavirus, también Filomena y hasta los sucesos en el Capitolio, es que no somos nada. Creemos tener el control sobre todas las cosas, pero de repente una nevada te deja varado en tu coche y al borde de la hipotermia en la M-30 durante casi dos días o te encuentras en la Puerta del Sol bailando la Macarena –por lo menos no fue Los Pajaritos–. La Madre Naturaleza se encarga de ponernos en nuestro sitio de vez en cuando, aunque yo creo que con alguna indirecta, por lo menos en mi caso, hubiera sido suficiente.

Ha sido casi un año de grandes altibajos anímicos, momentos cuasi-eufóricos –dadas las circunstancias– seguidos de profundos bajones emocionales, por lo que finalmente he optado por unirme a esta corriente y recurrir a los mantras para prevenir el colapso psicológico. Y no es que yo sea muy yogui, la verdad –casi que me identifico más con el pequeño Bubu–, pero tras esta larga etapa de excesos y negatividad resulta fundamental realizar un profundo proceso de desintoxicación combinando lo físico y lo espiritual hacia una unión con lo supremo (¡toma ya!) para poder enfrentar de manera razonable esta próxima fase, de duración incierta.

Porque aunque está claro que lo único que nos puede sacar de este embrollo son las vacunas, no sabemos en qué plazo real se realizará la vacunación, con qué porcentaje de población vacunada se conseguirá un giro destacable en los diferentes ratios epidemiológicos, si la situación mejorará de manera rápida o paulatina, si esa evolución positiva será constante o habrá altibajos, si se instaurará un pasaporte sanitario que facilite los viajes… Tendremos que ir adaptando nuestras decisiones empresariales a esta realidad, con el estrés lógico que provoca la incertidumbre (eso no cambia), pero sustituyendo la frustración de saber lo que hay que hacer sin que los que tienen la capacidad lo hagan –como cuando ves el fútbol en el bar– por una especie de aceptación de la situación que hace más llevadera la inevitable adaptación a las circunstancias. Si todo va bien y no hay complicaciones con las mutaciones del virus, en cuanto pase esta tercera ola estaremos ya en la recta final –aunque no sabemos qué tan larga– de esta pandemia.

Así que tranquilos, que además Fernando Simón ha dicho que el impacto de la variante británica del virus será marginal, al menos en nuestro país. ¡¡Oooooooooom!!

 

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