Me tocaba escribir en este blog el pasado mes, pero preferí no hacerlo al coincidir con la huelga de hostelería convocada para los días 17 y 18 de abril, que como bien saben tuvo lugar finalmente. Si escribía tenía que ser de eso, pero con los sentimientos todavía muy a flor de piel preferí no hacerlo en ese momento. Sinceramente, considero que son lógicas y razonables algunas de las reivindicaciones de la huelga, de hecho las considero lógicas y razonables no sólo para el personal de los hoteles, sino para todo el vinculado al mundo del turismo (que por lo general está peor pagado que el hotelero); otras son muy demagógicas y otras simplemente no está en la mano de los hoteleros resolverlas.

En cuanto a la conciliación familiar, por supuesto que se debe tener en cuenta y facilitar en la medida de lo posible, pero ya existen mecanismos y procedimientos establecidos, si bien no siempre la normativa es justa y como es lógico la conciliación de unos normalmente supone la “desconciliación” de otros, por lo que todas esas medidas deberían estar mucho más reguladas (y explicadas, porque a veces nos viene cada uno con cada cosa…). Lo que sí es impepinable es que no se puede esperar el mismo nivel de conciliación trabajando en un hotel cuya operativa es de 24 horas al día 7 días a la semana y 365 días al año que trabajando en una oficina de lunes a viernes de 9 a 5. Y aunque se haga lo posible por minimizar los turnos partidos, son en ocasiones inevitables para reforzar los servicios de desayuno y cena, que son los más fuertes en la mayoría de hoteles que trabajan la Media Pensión e incluso el Todo Incluido. Seguro que hay margen de mejora, pero no se puede ignorar la naturaleza y requisitos del gremio de la hospitalidad (bonito nombre que no quedó muy reflejado en esos días).

También me parece de un cinismo impresionante que nos culpen a los hoteles y a la carga de trabajo de las preocupantes tasas de absentismo que sufrimos en Canarias, muy por encima de la media nacional y que sufrimos no sólo los hoteleros y el resto de gremios, sino las mutuas, la Seguridad Social y cómo no los compañeros de los ausentes y que en muchas ocasiones se utiliza como medida de presión –huelga individual encubierta– o de venganza. Por supuesto que hay gente de baja con todo su derecho, pero no se debería obviar una problemática real que, como todo abuso, nos va a acabar explotando a todos –y digo A TODOS– en la cara.

Respeto de manera total el derecho a la huelga, más por obligación que por convicción, pero es ley y como tal hay que seguir las reglas del juego. Por supuesto creo que tiene que haber formas de reivindicar derechos y mejoras, pero en pleno siglo XXI, sin embargo, me cuesta asimilar que se tenga que hacer y se permita hacerlo transgrediendo los derechos de otras personas: a trabajar si así lo desean, a recibir el servicio contratado, a qué menos que tener una habitación limpia a tu llegada a un lugar extraño, a que el hotel que elegiste para tus vacaciones te dé el mínimo de seguridad, cobijo y alimentación al haber un vínculo de dependencia y responsabilidad, a no tener que aguantar bocinas y sirenas con niveles de decibelios muy por encima del límite que considera perjudicial para la salud –y ver participando en ello a miembros del comité de seguridad y salud, manda cigotos–.

La mayoría de los trabajadores que participaron lo hicieron porque un grupo de sindicalistas votó en Asamblea –por muy poco– que no al pre-acuerdo que horas antes había sido firmado por sus propios cabecillas, con lo cual si el peso de los cabecillas hubiera sido mayor y/o el voto de cuatro asambleístas en otro sentido, toda esa gente que participó en la huelga y gritó en la puerta de los hoteles –a compañeros y clientes a los que atendieron un día antes y lo harían de nuevo dos días después– hubiera ido a trabajar tranquilamente y con un cierto sentimiento de victoria. Pero claramente hubo sindicalistas que aspiraban a más para sí mismos y/o con ganas de jarana que estuvieron muy bien organizados a través de grupos de whatsapp –para esos parece que no aplica la desconexión digital–, movilizaron a su antojo a quienes no tenían muy claro qué se había votado dónde, para qué ni para quién, y lo que a priori parecía estar razonablemente bien de pronto ya no lo estaba y valía más la pena generar el caos en hoteles que no tenían ningún poder sobre la situación.

La situación hotelera y hostelera estaba y está como para una nueva negociación, no para una huelga

Aunque en Canarias nos escapamos del apagón que sufría la Península Ibérica el 28 de abril para mí fue inevitable revivir la frustración de mucha gente por no poder viajar a sus casas, no tener garantizado qué comer y no poder hacer nada –o muy poco– al respecto. La diferencia es que el apagón tuvo seguro culpables o al menos responsables, y quizá se demostrará su negligencia, pero fue algo totalmente involuntario. Sin embargo, la huelga del 17 y 18 de abril fue absolutamente premeditada y buscaba ese daño –algo inherente al derecho de huelga y que es la parte que me cuesta más entender–. Espero que los convocantes y participantes no sufran los efectos de alguna huelga de controladores o de los empleados de alguna línea aérea justo cuando necesiten desplazarse por una emergencia o sus muy merecidas vacaciones, a ver si son igual de comprensivos. Y que no se quejen si no se cumplen los servicios mínimos que tanto denostaron y desinformaron con tal de conseguir sus objetivos, saltándose a la torera y haciendo saltar a otros la Orden del Gobierno de Canarias.

Trabajar en Turismo –en todas sus ramas, no sólo hoteles– y Hostelería es muy duro, y no tengo por qué negarlo, yo lo he vivido a lo largo de 30 años, por eso suele ser una profesión vocacional, porque si no es difícil de aguantar. La opinión pública en general también lo ve así y apoyaba también la huelga, ese era el sentimiento a pie de calle, pero es que todos somos muy solidarios hasta que nos tocan lo nuestro, entonces ya deja de hacernos tanta gracia, y eso lo viví yo con algunos de los clientes en el hotel, muy comprensivos hasta que querían un sándwich en La Palapa o en los conductores que se topaban con la calle cortada por los piquetes supuestamente informativos. Yo mismo apoyo varias de las reivindicaciones, aunque no todas, y desde luego de ninguna manera estoy de acuerdo con la forma. Máxime cuando hay un convenio colectivo vigente y pactos salariales firmados por los propios convocantes de la huelga. La situación hotelera y hostelera estaba y está como para una nueva negociación, no para una huelga. La falta de vivienda asequible y el tráfico insoportable lo sufrimos todos, no sólo los que trabajamos en los hoteles, habrá que buscar a los verdaderos responsables para exigirles soluciones a ellos. A ver si el 18 de mayo se tiene más claro el objetivo y la meta, pues esto no se soluciona con una huelga, ni con cambios en ningún convenio, ni con tasas turísticas, se requieren cambios en nuestras actitudes como ciudadanos y turistas, y también planes valientes, de ejecución inmediata pero a largo plazo, algo que los políticos no suelen estar muy por la labor si no van a poder alardear de los resultados durante su mandato. Estos problemas no son exclusivos de nuestras islas, y se deben en gran parte a los vicios y desviamientos de este nuestro autodenominado primer mundo.

Quizá el Papa León XIV, entre todas las tareas pendientes para su recién estrenado pontificado, encuentre cómo iluminarnos en este camino. Mientras tanto, tendremos que intentar llegar a un acuerdo algo más terrenal que nos convenga a todas las partes, algo que no debería ser tan difícil cuando ya se estuvo tan cerca. Al fin y al cabo estamos todos en el mismo barco.

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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