Este verano ha sido pródigo en incidentes protagonizados por personas hasta ese momento anónimas, en los que ha confluido una inoportuna –para ellos, porque para los aburridos muy oportuna– cámara y la difusión por parte de algún espectador en redes con una meteórica viralización a nivel mundial que provoca saturación de todo tipo de memes y recreaciones de aspirantes a influencers, culminando con el linchamiento virtual de sus protagonistas, para en solo unos días o máximo semanas pasar a ser noticia antigua, aunque con la vida de sus protagonistas ineludiblemente patas arriba.
El pistoletazo de salida lo dio la abrazadísima pareja de presuntos adúlteros en el concierto de Coldplay en Boston, Massachusetts (los otros Boston dan con suerte para un concierto del colegio) a finales de julio, a los que la tradicional kiss cam de los partidos de béisbol pilló con el carrito del helado y cuya reacción instintiva de esconderse causó justo el efecto contrario y puso el foco aún más en sí mismos, provocando que una asistente al concierto pensara que estaría bien compartir ese momento en redes con el resultado que ya todos conocemos. Si a eso le unes que luego trascendió que él era el CEO de una compañía de tecnología puntera estadounidense y ella la jefa de Recursos Humanos de dicha compañía ya tenemos todos los ingredientes para el salseo del verano, que de hecho terminó con la renuncia –supongo que bastante forzosa– de ambos a sus puestos e imagino que les supondrá un muy complicado futuro personal y laboral, aunque si fuera en España seguro acabarían colaborando en algún programa de Telecinco.
A finales de agosto tuvimos otro incidente viral cuando, tras ganar su partido contra Khachanov en el US Open, el tenista polaco Kamil Majchrzak se acercó a firmar autógrafos a los aficionados. Entre ellos estaba un señor bastante pijo que no encontró mejor forma de celebrar la victoria de su compatriota que estirando la mano para agarrar y hacer desaparecer (al más puro estilo del Mago Pop) en el bolso de su esposa la gorra firmada que en realidad iba destinada a un niño que estaba junto a él. La escena fue captada en vídeo y rápidamente se viralizó: se veía al niño sorprendido y frustrado y al que resultó ser el CEO (¡otra vez, yuhuuuuu!) de una exitosa empresa de pavimentación quedándose con la gorra como si fuera un trofeo.
La reacción fue inmediata: indignación en redes, críticas en la prensa polaca e internacional y poco creíbles disculpas posteriores del señor, que alegó que había sido un “malentendido”. Mientras tanto, el perfil de Google de su empresa sufrió un bombardeo de reseñas negativas, pasando de una puntuación por encima de las 4 estrellas a las 1,3 actuales en un nuevo ejemplo de supuesta justicia social. La verdad es que viendo las imágenes uno no puede evitar pensar que esa reacción es parte de una actitud de vida y quizá representativo de cómo ese señor llegó a donde llegó, pero no deja de ser una suposición y en todo caso lo que valora uno en Google debería ser la calidad de la empresa y no necesariamente la de la personalidad del propietario, pues entonces sobrarían probablemente muchas más estrellas en el universo Google. Tomarse la justicia por su cuenta puede sonar muy poético, pero estos bombardeos son muy injustos por su propia naturaleza y pueden llegar a ser utilizados como venganza o incluso como arma para la extorsión, algo que lamentablemente se ve con demasiada frecuencia en este nuestro mundo del turismo y la hostelería. En todo caso el niño salió ganando, pues al enterarse de todo esto el tenista lo buscó y le regaló personalmente otra gorra firmada, además de tomarse fotos con él.
Tomarse la justicia por su cuenta puede sonar muy poético, pero estos bombardeos pueden llegar a ser utilizados como venganza o incluso como arma para la extorsión, algo que lamentablemente se ve con frecuencia en este nuestro mundo del turismo y la hostelería
El último episodio que recuerdo es el de un partido de béisbol entre los Phillies y los Marlins el pasado 5 de septiembre en Philadelphia (pero la de Pennsylvania, no vayan a confundirse con la de Missouri) cuando un jugador se marcó un jonrón (home run para los anglicistas más puristas) lanzando la pelota a las gradas y un espectador logró hacerse con ella, entregándola inmediatamente a su hijo de 10 años que, además, estaba de cumpleaños, abrazándolo feliz.
Tan tierna escena fue rápidamente interrumpida por una seguidora vestida con la camiseta de los Phillies que agarró al padre del brazo y le empezó a recriminar que se hubiera llevado la pelota al haber caído en la zona donde ella estaba –si bien no llegó a tenerla realmente en su mano– y exigiendo de malas maneras que se la devolviera. El padre, finalmente, entre incrédulo y resignado, optó por entregársela para evitar elevar el tono y así zanjar la discusión. En este caso también el niño salió ganando, pues un empleado del equipo de los Marlins le entregó inmediatamente una bolsa con merchandising del equipo, y después del partido recibió de la mano de un jugador de los Phillies un bate firmado.
Lo peor de todo no es que ya para entonces se hubiera bautizado a la amargada seguidora como Phillies Karen (algo la verdad que bastante lógico y merecido), sino que las redes ya estaban ansiosas buscando la identidad de la señora para hundirla. Se llegó a publicar que era la administradora de un distrito escolar en New Jersey y que la habían echado, algo de lo que se alegraba una gran cantidad de internautas, pero finalmente se desmintió (que lo fuera y que fuera despedida). Qué duda cabe que no resultaba tan morboso como una CEO, pero menos da una piedra. Posteriormente se ha llegado a publicar el nombre de hasta cuatro personas más (reales, existentes y nada públicas, con sus trabajos y sus familias), sin llegar a confirmarse finalmente su identidad, pero poniendo en aprietos mientras tanto a unas cuantas inocentes.
Este tipo de situaciones genera un interesante debate con respecto a los límites del espectáculo, la privacidad y el derecho a la propia imagen. En Estados Unidos se entiende que la kiss cam es parte del show y que al acceder al concierto estás aceptando la posibilidad de ser grabado y salir en la pantalla gigante. Realmente la expectativa de privacidad en lugares públicos es muy baja y prima la libertad de expresión, aunque ahora con Trump en la Casa Blanca eso da un poco de risa. En Europa en general se tiene un enfoque de mayor protección de la imagen como dato personal; teóricamente se necesitaría consentimiento expreso para la difusión por redes, primando el derecho a la intimidad y a la propia imagen sobre la libertad de expresión, salvo que sean personajes públicos y el hecho tenga relevancia informativa.
Estas situaciones han dejado en evidencia la necesidad de alguna –demasiada– gente de, más allá del karma, hundir a los demás siempre que se ve una oportunidad, y si la víctima es alguien famoso, rico y/o poderoso todavía mejor, muestra de ese resentimiento social que yo creía algo muy español, pero que claramente está extendido a nivel mundial y es una de las bases de la cultura de la cancelación actual. Más allá de que esas personas hayan actuado mal, o incluso fatal, parecemos olvidar que absolutamente todos nosotros hemos obrado mal en alguna ocasión, o hemos reaccionado mal a una situación determinada, ya sea por cansancio, estrés, sorpresa o hasta por instinto. Y seguro que todos podemos recordar algún acto del que nos arrepentimos o situación que preferiríamos olvidar, no considerándolo en absoluto representativo de nuestra forma de ser o pensar. Sin embargo, si eso hubiera sido grabado y compartido por otros –no hace falta si quiera que sea de manera viral– podría haber dañado nuestra imagen e incluso afectar a nuestro trabajo o relaciones sociales, además del tremendo coste mental de este tipo de acosos (que es lo que son).
En Facebook, Instagram o X todos somos jueces –y en ocasiones verdugos– como si nuestra actitud fuera intachable y nuestro historial inmaculado. En este ámbito, quizá más que en cualquier otro, conviene tener presente que la perfección no existe y que las personas rara vez encajan en categorías absolutas de virtud o de maldad. Y si bien es razonable invocar al karma y exigir justicia, cuando somos nosotros los que la aplicamos nos podemos convertir en lo que supuestamente estamos criticando. Porque quien quita una gorra o una pelota a un niño desde luego no demuestra ser muy buena persona, pero tampoco parece ser mucho mejor quien desea y contribuye por acción u omisión a que alguien pierda su trabajo y a hacer su vida jirones.
El karma es como un boomerang: si lo lanzas con demasiada rabia, puede que seas tú quien acabe recibiendo el golpe.
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Fernando Josa Marín es director de hotel