El señor Mazón ha tomado por fin una determinación tras escuchar unos cuantos improperios –aunque muy duros, y amplificados por el dolor, el simbolismo y la solemnidad del momento y lugar– después de estar todo un año escuchando las voces de un pueblo enfadado y dolido por la pasividad e inacción. Te pasas todo un año sin aparecer en eventos públicos por temor a que te increpen –lo que ya de por sí te ilegitima como gobernante– y lo haces, porque piensas no te queda otra, justo en el acto en el que más motivo había para hacerlo. Se suele decir que más vale tarde que nunca, pero sabe a poco y, la verdad, para pedir perdón así más valía no hacerlo. Porque el acto de pedir perdón honra a la persona que lo hace al mostrar valentía y humildad, reconociendo la propia falta y buscando la reconciliación. Pero hay que hacerlo en tiempo y forma, y aquí no hubo ni lo uno ni la otra.

Total, que el que tiene que pedir perdón no lo pide –o lo pide tarde y mal– y, sin embargo, ahí tenemos a Albares pidiendo perdón –de manera indirecta pero evidente tras el recordatorio de la señora Sheinbaum a principios de la semana pasada de esa “deuda” pendiente–. Es justo reconocer las injusticias y los daños infligidos, algo por otra parte inherente a toda invasión o conquista como las de Roma, Alejandro Magno o Gengis Khan (en un contexto político, social y moral completamente distinto al actual), pero no lo es que el Gobierno español pida perdón por lo que la Corona de Castilla y Aragón –que no de España– hizo con los pueblos nativos –que no a México– en la Conquista. También los aztecas invadieron y conquistaron, exigiendo tributos y sacrificios humanos a los pueblos dominados, entre otros tlaxcaltecas, tetzcocanos, totonacas, otomíes, cholutecas, chalcas, huejotzincas y chinatecas. Parece que las ansias de acaparar territorios y aniquilar al contrario son bastante comunes al género humano independientemente de razas o religiones y que, como suele decirse, en todas partes cuecen habas (y en algunas, hasta algún que otro humano).

No hay que olvidar la Historia, pues ello nos permite aprender de los errores del pasado –y también, por qué no, de los aciertos–, pero no debe reinterpretarse como culpa hereditaria; los habitantes de la actualidad no somos responsables de los actos de nuestros antepasados y pretender que una nación moderna pida perdón por hechos de hace más de 5 siglos implica una culpa colectiva retroactiva contraria al principio jurídico de la responsabilidad individual.

Así que no se trata de celebrar, pero tampoco de renegar. Pedir perdón a los mexicanos sería, además de anacrónico, incoherente, pues significaría pedir disculpas por el hecho de que México exista. México y España comparten una herencia común que no es sólo de violencia, sino también de creación cultural y lingüística. En lugar de exigir disculpas debe promoverse un diálogo histórico, educativo y cultural para reconocer errores, logros y consecuencias mutuas. Las disculpas no cambian realmente las condiciones sociales o económicas actuales –algo que es responsabilidad de los gobiernos de hoy en día–; en cambio, España y México ya mantienen relaciones diplomáticas, culturales y económicas muy profundas que son una forma mucho más constructiva de reconciliación.

Y mientras unos se disculpan por lo que hicieron otros hace cinco siglos, hubo quien tuvo que hacerlo por lo que hizo él mismo cinco días antes. Una de las disculpas más memorables de la historia reciente fue en 2012 cuando el entonces rey Juan Carlos I nos sorprendió con su: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Lo dijo al salir del hospital, tras haberse roto la cadera… en una cacería de elefantes en Botsuana. Para algunos, fue una muestra de humildad y humanidad; para otros, un intento tardío de salvar la imagen de una institución desconectada de la realidad social. En cualquier caso, el episodio marcó un punto de inflexión en la relación entre la Corona y la ciudadanía, y se convirtió en un ejemplo de cómo el perdón público puede ser tan necesario como insuficiente.

También sabemos mucho de perdón en el mundo de la hostelería y el turismo, pues nos toca pedirlo de forma constante —haya o no razón para ello—, ya que en nuestro rubro se entiende como falta de profesionalidad hacer sentir a un cliente como un jeta redomado, aunque lo sea. Nos toca, con demasiada frecuencia, parafrasear al rey emérito (aunque sin haber ido de safari).

Sin duda, con todo esto tenemos los ingredientes para una emocionante historia sobre culpa, redención, violencia y el precio del pasado. Lástima que se nos adelantó Clint… y con menos presupuesto.

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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