Hay que ver los nervios que hemos pasado; ha estado el país entero en vilo pero al final ha valido la pena y podemos decir con orgullo que somos campeones del mundo, poniendo además en valor la deportividad y el trabajo en equipo sobre el juego sucio y las individualidades. ¡Olé por España! Y eso que yo no soy nada futbolero, pero eso no quita para que allá en 2010 me dejara llevar –como ahora– por el entusiasmo general, sufriendo y gritando –igualito que ahora– como un descosido en el famoso y bronco partido contra Países Bajos. Y eso que hasta ese Mundial de Sudáfrica yo pensaba que apoyar a la Roja era hablar bien de Cristina Almeida.

Yo por supuesto y a pesar de mi escaso sentir futbolístico tenía claro que quería que España ganara este campeonato. Sin embargo, cuando todo el mundo hacía sus cábalas, yo apostaba por Colombia. Y no porque yo tenga familiares en aquel país ni especial predilección por el juego de su selección, sino porque en Facebook –sí, qué pasa, soy de esa generación– vi un vídeo supuestamente grabado en 1987 en el que un vidente, después de haber anunciado un doble terremoto de Venezuela –mis condolencias a todos los afectados y un abrazo muy especial a la comunidad venezolana, tan presente en Canarias–, pronosticaba la victoria de Colombia en el Mundial de 2026.

Precisamente porque no tengo ni idea de fútbol y Colombia no parecía estar a priori entre las grandes favoritas, no pude ignorar la posibilidad de quedar como un auténtico crack del análisis deportivo mundial. Aunque no me considero especialmente crédulo y, de hecho, a la mínima sospecho que la IA anda por medio, debo admitir que en un principio caí como un primo, un primo un poco pardillo, claro. El vídeo parecía muy realista y tenía un aspecto totalmente ochentero. Y, si aquel hombre había sido capaz de anticipar lo del terremoto, ¿cómo no iba a acertar también lo del Mundial? Hasta que me dio por pensar que a quién se le iba a ocurrir en 1987 preguntar quién ganaría el Mundial en 2026. Raro raro… Así que me puse a buscar y rápidamente averigüé que era un tremendo bulo creado con inteligencia artificial. El vídeo se había hecho viral en Colombia y había alimentado las ilusiones de más de un aficionado. Angelicos…

Y es que hay que ver las cosas que hace la IA, es increíble –y espeluznante– lo lejos que está llegando y cómo se va perfeccionando. Es verdad que a día de hoy casi siempre podemos encontrar algún detalle que la delata: una copa que aparece mágicamente en la mano de alguien, o un chaleco rojo que, en cuestión de segundos y por arte de birlibirloque, se convierte en una chaqueta verde.

También es bastante flipante su capacidad para escribir cartas completas con un estilo refinado, profesional o coloquial, según se lo pidamos; para buscar argumentos a favor o en contra; o para ayudarnos a redactar una respuesta para un cliente quejica, al que probablemente también ha ayudado la misma IA a rebatir nuestros argumentos, convirtiendo la conversación en una especia de partido de ping pong imaginario e interminable.

Pero, al igual que ocurre con los vídeos, seguimos buscando alguna pista que nos permita reconocer un texto creado por una máquina, y no me refiero sólo a ese español perfecto que de repente utiliza por e-mail ese cliente que, con esfuerzo, decía en el hotel “yo querer uno cerfeza grande, porfafor”.

Sé de buena tinta –la mala no me cuenta nada– que hay publicaciones e incluso certámenes literarios que han llegado a suspender la recepción de obras, e incluso han dejado de celebrarse por la cantidad de textos generados con IA. El problema no es únicamente la dificultad para distinguirlos de los escritos por personas, sino también el enorme volumen de trabajos de baja calidad que se presentan y que puede hacer inviable el trabajo de selección.

Otros concursos han tenido que modificar sus reglas para intentar garantizar que las obras sean íntegramente de autoría humana —algo muy difícil de demostrar—, llegando incluso a exigir una declaración en la que el participante asegure que no ha utilizado herramientas generativas.

Está claro que la IA puede facilitar mucho el trabajo y el día a día, pero me gusta pensar que, ni aun con todo el perfeccionamiento que se pueda llegar a lograr se conseguirá sustituir por completo el criterio, la experiencia, el humor y la creatividad de las personas, ya sea a la hora de escribir un simple correo electrónico, una novela o hasta la entrada en un blog. Aunque cada vez sea más difícil distinguir quién ha escrito qué.

[Fin del artículo, sustituye esta nota por tu nombre]

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Fernando Josa Marín es director de hotel

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