Empecé mis días en Tenerife sin comprender bien Puerto de la Cruz. La ciudad me bajaba la tensión y su empeño de vieja me empujaba hacia una melancolía inaguantable. Los antiguos edificios de paredes decadentes y la canosa población turística me caían encima cada vez que pasaba por ahí, y se confabulaban con ese cielo plomizo omnipresente que entristecía mis paseos. Solo me faltaba escuchar a Benito Lertxundi para echarme a llorar. En definitiva, Puerto de la Cruz era para mí la ciudad sin horizonte. «Hasta aquí hemos llegado Sol, más allá no hay nada, ni siquiera esperanza», me decía.
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