Ahora que estoy regresando a Tenerife de un viaje relámpago a Creta para conocer y experimentar en persona uno de los conceptos hoteleros de uno de nuestros principales colaboradores ‒precioso lugar y maravillosa gente, por cierto‒, ha sido inevitable que vuelva a surgir mi bien merecida fama de gafe ‒no exclusiva, pero especialmente activa en mi variante viajera, sobre todo cuando se trata de aviones‒. Digamos que en todo viaje que hago sé que algo me va a pasar, la duda es únicamente qué y cuándo. Y no me refiero a simples retrasos ‒quien más quien menos, todos los hemos sufrido en algún momento‒, sino a experiencias realmente poco comunes.