¿Me lo dices o me lo cuentas?

¿Feliz Navidad?

20 Dic , 2019  

Pues no, no podía ser otro el tema tocándome publicar en estas fechas, entrañables o aborrecibles a partes iguales según de qué pie cojee cada uno. La Navidad intensifica las sensaciones, de manera que las desgracias, que nunca son plato de gusto, son más dolorosas cuando suceden en esta época del año. Ya sea porque se fue un ser querido, te echaron del trabajo o te dejó la novia ‒el típico «no eres tú, soy yo», sí claro, a lo mejor el otro tiene también algo que ver‒, si pasa en estas fechas se convierte en una crueldad intolerable… Igualmente, cuando lo que sucede es bueno también parece mucho mejor, más bonito, más yo qué sé…

Que conste que yo no odio la Navidad, pero tampoco es que me encante, será que llevo tantos años en esto del turismo que siempre he asociado estas fiestas a currar un montón y pringar para que otros disfruten, aunque esa es de hecho la base de la hostelería y no me molesta especialmente. De pequeño desde luego sí me gustaba, me fascinaban las luces de colores, la niebla navideña típica de mi ciudad, adivinar cuál sería el último anuncio del año ‒en mi defensa debo decir que en aquel entonces solo había dos canales y muy limitadas opciones de entretenimiento‒, el cual  celebraba con mi voz de pito mientras tomaba pequeños y rápidos sorbos de esa sidra famosa en el mundo entero servida en una gruesa copa redonda de color verde botella ‒hoy sería un escándalo… lo de un menor tomando sidra, lo de la copa directamente un horror‒. No sé en qué momento me empecé a ‘misterescruchizar’, no recuerdo ninguna experiencia traumática en especial asociada a estas fechas, será simplemente cosa de la edad, ya que ni siquiera me afectó cuando un año, en la obra de Navidad del cole, y habiendo sido siempre un estupendísimo San José, fui relegado a simple pastorcillo.

Tampoco comparto especialmente la costumbre de hacer balance de todo el año en estas fechas, algo a priori bastante lógico por el hecho simple e irrefutable de que está a punto de terminar, pero que en realidad nos hace catalogar los 365 días como buenos o malos por una serie de hechos y circunstancias que fueron, solo ellos en sí mismos, buenos o malos, sin necesidad de agruparlos como un ente diferenciado y sin perspectiva, dotándolos de cierto halo de inevitabilidad. En la mayoría de los casos nos pasan cosas buenas y malas de manera más o menos alterna, y un año tendrá, en mayor o menor medida, ambas. No existe por tanto un annus horribilis, sino la humana necesidad de generalizar. Es como si uno sacara la conclusión de que otra persona es estúpida y un poco gili-piiiiiiii habiendo cruzado solo cuatro palabras con ella y por un par de reacciones que uno le haya visto. Bueno, quizá no sea este un ejemplo muy acertado…

Mi consejo es que no te desesperes: si el año empezó flojo ya irá mejor, si terminó peor, concéntrate en que antes no estuvo tan mal. Y si te fue bien en general, dale gracias al Señor ‒o a quién tú consideres‒ y sigue por ese camino sin confiarte demasiado pero disfrutando el momento. No te dejes abrumar por conceptos trillados y prejuiciosos, no te resignes a resumir todo un año de tu vida con un simple adjetivo, vive simplemente cada momento de la mejor manera posible. Puede haber un factor de suerte, pero que las cosas salgan bien o mal depende en gran medida de ti, y sobre todo de ti depende la forma de reaccionar ante lo bueno y lo malo, ante las injusticias. Sube el mentón, mira al frente y evita el victimismo. Pasa página rápido y márcate nuevos objetivos. Pero sobre todo no pierdas tu valioso tiempo y tu energía en pensamientos negativos llenos de rencor, imaginando ‒y es solo un ejemplo‒ que le retuerces la oreja al desgraciado profesor que decidió degradarte a pastorcillo así, sin más, de la manera más cruel e injusta.

Por eso no puedo desearles una feliz Navidad, sino muchos momentos felices ahora y en el futuro.

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