Ya va a hacer un mes de la celebración de la octava edición del Reconocimiento de Ashotel a personas trabajadoras del sector hotelero, una iniciativa que supone una gran oportunidad para poner en valor el trabajo de nuestros empleados. Hay quien lo interpreta como una designación al estilo de “empleado del año”, algo que en realidad sería incluso más complicado, pues supondría elegir de entre todo el personal de tu hotel quién lo hizo mejor (y por suerte son muchos los que lo dan todo en su trabajo).
Sin embargo, en este caso se trata de galardonar a empleados que destacan por uno o varios de los valores que caracterizan —o deberían hacerlo— a todo trabajador, pero especialmente a quienes desarrollan su labor en un hotel, donde el servicio y el trabajo en equipo son de mayúscula importancia. Por eso, en este evento no solo se premia el trabajo bien hecho, sino también el tesón, el compañerismo, la responsabilidad, la generosidad o la constancia. La vocación de servicio, tan malinterpretada y denostada en ocasiones por algún que otro gobernante, es en realidad un activo invaluable en el turismo y, lamentablemente, poco frecuente en la política.
Todos y cada uno de los galardonados en las diferentes ediciones son ejemplo y modelo para sus compañeros, pero también para sus superiores y para los clientes alojados en sus hoteles. Y es que —aunque algunos puestos están en la sombra y no tratan de manera directa con el cliente— todos han contribuido a que sus vacaciones sean un éxito.
Pero en esta última edición hubo una persona que me tocó especialmente la fibra —creo que a todos— y de la que ya habrán oído hablar, pues en este mismo blog ya pudimos saber un poco más de él gracias a una interesantísima entrevista. Se trata de Nama, joven —todavía menor de edad— maliense que llegó a nuestras islas en cayuco en enero de 2024, tras una travesía de tres días, y que ahora se desempeña como ayudante de cocina en un hotel de La Gomera.
Ya produce un tremendo respeto el valor —mezclado sin duda con desesperación— de quienes se lanzan al mar arriesgando su vida en busca de un futuro mejor (o simplemente de un futuro). Pero en este segundo periplo, que comenzó al llegar a tierra, quizá menos peligroso, pero probablemente más arduo, Nama ha demostrado una gran tenacidad y ha sabido aprovechar de manera exitosa los medios que se le brindaron para labrarse un porvenir. Pero además, aunque agradecido, no se conforma con lo que tiene y mantiene proyectos muy ambiciosos: continuar formándose con el grado superior de Dirección de Cocina, trabajar en algún gran restaurante en España o Europa y, por qué no, quizá montar su propio negocio.
La ambición tiene en ocasiones una connotación negativa, especialmente en la política o en el mundo empresarial, identificándose en muchos casos con la falta de escrúpulos y el ansia desmedida de dinero o poder. Sin embargo, la ambición puede ser también muy positiva, denotando inquietud inconformista y afán de superación.
Resulta impactante el contraste entre un inmigrante que no tenía nada y que se ha labrado una educación, un trabajo y un futuro gracias a una ambición de mejora basada en el esfuerzo y el tesón, y los muy poco edificantes ejemplos que nos ha dado últimamente la política española: personas en teoría educadas y formadas, por cierto muy autóctonas todas ellas, que lo tenían todo, pero cuya ambición les llevó a querer aún más dentro de una cultura del pelotazo, de la mordida y de la falta de respeto hacia sus conciudadanos y sus votantes.
Las dos son ambiciones, las dos nacen del inconformismo. Pero una es buena y la otra es mala. Como el colesterol.
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Fernando Josa Marín es director de hotel