Pasé un tiempo al frente de una lavandería industrial que daba servicio a decenas de hoteles en Tenerife. Venía de años dirigiendo operaciones hoteleras y pensé que el cambio de perspectiva sería interesante. No esperaba que fuera tan revelador. Desde el lado del hotel, la lavandería es un proveedor silencioso. La ropa blanca —el liso y el rizo, las sábanas y las toallas— llega limpia, planchada y doblada. Si todo funciona, nadie lo menciona. Si algo falla —una toalla amarillenta, un olor residual, una sábana que el planchado no terminó de corregir— el cliente no piensa en la lavandería. Piensa en el hotel. Y si escribe una reseña, escribe sobre el hotel.
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